FRED HOYLE

EL POLÉMICO “INVENTOR” DEL «BIG BANG»

Pedro Cáceres. (EL MUNDO, jueves 23 de agosto de 2001).

Muy pocos términos han conseguido salir del   campo científico de la astronomía para hacerse comunes al gran público, acaso supernova, agujero negro o Big bang. Y quizá sea este último el concepto que más hondo ha calado en el imaginario colectivo por la aparente sencillez de lo que significa: la gran explosión, que hace unos 13.000 millones de años, dio origen al universo que conocemos; el momento en que toda la materia agrupada hasta entonces empezó a expandirse en un proceso que aún continúa.  

Pese a la revolución que supuso para la concepción humana sobre la naturaleza, el concepto del Big bang no cerró todas las puertas a aquellos que, de acuerdo con la tradición judío-cristiana, defendían las tesis creacionistas: si la ciencia puede demostrar que el universo se creó en un instante, hay una puerta abierta para la existencia de un ser divino que se encargara de hacerlo. Quizá pueda buscarse ahí el éxito que ha tenido el concepto del Big bang a la hora de implantarse en el ideario popular, pero el mérito publicitario del término, que en realidad podría traducirse como el gran petardazo, para poner en solfa las ideas que entonces empezaban a triunfar entre los investigadores. 

Finalmente, el término Big bang ha triunfado, pero no con la carga peyorativa que Hoyle quiso darle. De hecho, también ha prosperado la tesis de un Universo en expansión y muy pocos son los que actualmente siguen  defendiendo la idea estacionaria sobre el cosmos que propuso el británico, aunque a principios de los 50, ambas constituyeran el centro de un encendido debate científico que no pudo sustraerse a la polémica ideológica: fue el Vaticano quien promovió el primer congreso sobre la teoría del Big bang, y Moscú, la anfitriona de quienes defendían que el Universo no tuvo principio.  

El paradójico triunfo del término Big bang es una buena anécdota para de definir la polémica personalidad creadora de Hoyle y su controvertido legado, plagado de hallazgos geniales y de hipótesis arriesgadas. Escritor de numerosas obras de divulgación, miembro de equipo que ganó el Nobel en 1958,  citado profusamente en todos los manuales de astronomía, se escribió también un buen número de novelas de ciencia ficción y defendió que las moléculas de la vida pueden llegar a la Tierra desde el espacio.  

En 1985, sostuvo que las periódicas visitas de cometas como el Halley (entonces cerca de nuestra órbita) podían relacionarse con las oleadas de epidemias de gripe que se repiten con virulencia cada ciertas décadas. En 1990, junto al matemático Wickramasinghe, propuso que las tormentas solares eran capaces de conducir hacia la Tierra las partículas orgánicas que, según su teoría, pueblan el universo y pueden provocar enfermedades en nuestro planeta. 

Su incursión en la biología fue rechazada por toda la comunidad científica y supuso, a sus 76 años, una bofetada intelectual. Pero antes, el propio Hoyle había asestado un buen número de golpes certeros a las teorías establecidas. Su principal aportación indiscutida es haber desvelado que los elementos químicos pesados que componen el universo tienen su origen en las estrellas. El hierro presente en el núcleo terrestre y en nuestros propios glóbulos rojos, el oxígeno, o el carbono, que forma parte de toda la materia orgánica, sólo pueden generarse como producto de las reacciones nucleares del interior de los hornos solares. Según esto, todos los átomos que forman la vida tuvieron en algún momento su origen en las estrellas, lo que sirve para confirmar literalmente, la expresión inglesa de que el hombre está hecho de polvo de estrellas (stardust).  

Hoyle lo demostró de modo empírico para apuntalar su teoría sobre el estado estacionario del universo, publicada inicialmente en 1948. Según ésta, el universo no tendría principio ni final y la materia estaría creándose continuamente. Hoyle apuntó a las estrellas como origen de los átomos pesados, pero con ello vino también a cubrir uno de los flecos pendientes de la teoría del Big bang, que no podía explicar hasta entonces cómo un universo caliente y denso  podía crear otra cosa que no fueran elementos más Iigeros que el helio.  

El hallazgo, fruto del trabajo en equipo del Hoyle, el matrimonio Burbidge y A. Fowler, fue premiado con el Nobel en 1958, aunque sólo fue el último quien lo recibió nominalmente. De nuevo Hoyle había vuelto a hacer una aportación que, en detrimento de su propio interés, beneficiaba al Big bang. Pero es una situación perfectamente compatible con su espíritu,  fiel al criticismo científico que no dudaba en pedir una demostración  de todo pesara a quien pesara. Javier Armentia, director del Planetario de Pamplona, lo calificaba ayer como un «un pepito grillo de la ciencia» que obligó a sus colegas a afinar sus teorías y también como el autor de una construcción teórica elegante que unió la idea general de un universo eterno en el tiempo con la investigación de los fenómenos que ayudaban a demostrarlo.  

Que Hoyle fue cuando menos díscolo queda acreditado por su propia infancia, que pasó en el condado de  Yorkshire faltando todo lo que pudo a clase, «leyendo manuales de física y química» y fabricando pólvora y otros compuestos con su laboratorio de juguete «en cuanto su padre salía de casa». Pese a su travieso carácter consiguió ingresar en Cambridge, donde se licenció en matemáticas en 1939 y pasó la guerra trabajando para el Almirantazgo en la investigación de los primeros radares.

Presidente de la Real Sociedad  Astronómica y profesor en centros como el Instituto de Tecnología de California, su rebelde carácter intelectual le acompañó toda su vida.  

En 1996 explicaba en una entrevista que su antidarwinismo le venía desde pequeño: «Mi padre era un hombre modesto que se hizo así mismo;  le servía para demostrar que la selección natural, de la que era ferviente defensor, funcionaba. A mí todo eso me parecía un rollo». Durante toda su vida se dedicó a restar importancia a las teoría darwinistas. Según él era mucho más relevante el papel de las mutaciones, debidas a la llegada a nuestro planeta de material extraterrestre que actuó sobre la vida aumentando su complejidad. Era una propuesta arriesgada, pero, como siempre, intentó demostrarla. Durante años se dedicó especialmente a buscar la presencia de moléculas en el espacio.


Fred Hoyle, astrónomo británico, nació en 1915 en Bingley y falleció en Bournemouth (Gran Bretaña) el 20 de agosto de 2001. 

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