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Los
renglones torcidos de la selección natural
Texto
tomado del libro "La especie elegida" de Juan Luis Arsuaga e Ignacio
Martínez (del Proyecto Atapuerca).
Hasta
esta noche, pensabas que la vida era absurda.
En
lo sucesivo sabrás ques e misteriosa.
Eric-Emmanuel
Schimitt,
El
visitante
La
relación que mantuvieron entre sí los dos descubridores de la selección
natural fue ejemplar. Sin embargo, y a pesar de su buena amistad y
consideración mutua, Darwin y Wallace mantuvieron puntos de vista contrapuestos
acerca del origen de algunas de las características más relevantes de nuestra
especie, tales como la inteligencia y el habla. Mientras Darwin contemplaba
dichos rasgos como un resultado más del proceso evolutivo regido por la
selección natural, Wallace atribuía su origen a causas sobrenaturales,
colocando así el origen del ser humano más allá de la acción de la
selección natural.
Uno
de los argumentos más profundos empleados por Darwin para probar la existencia
del hecho evolutivo fue el de la existencia de "chapuzas" en los seres
vivos. Si los organismos fueran el resultado de un acto directo de creación
divina, sus distintas partes deberían mostrarse "como recién salidas de
fábrica"; es decir, que deben ser diseños específicos para cumplir de
manera eficaz una función determinada. Lo que no esperaríamos encontrar desde
luego, son órganos que aparezcan como una modificación, más o menos
afortunada, de otros que cumplen una función distinta en organismos diferentes.
Dicho de otro modo, lo esperable es que cada ser vivo tenga sus propias piezas,
perfectamente ajustadas al desempeño de las funciones que tiene encomendadas.
La
selección natural no planifica el cambio evolutivo, simplemente elige entre lo
que hay. Es decir, que preserva aquellas variaciones de los órganos existentes
que confieren alguna ventaja a los individuos. De este modo, un órgano puede
verse modificado y acabar desempeñando una función distinta de la que tenía.
En este proceso, puede ocurrir que el órgano en cuestión pierda eficacia en el
desempeño de la misión original, siempre y cuando esta pérdida se vea
compensada por la ventaja conferida por la nueva función.
Pero
volvamos al tema de la voz humana. Cuando Wallace y Darwin disputaban sobre la
naturaleza de la selección natural y su papel en el origen de los seres
humanos, no se conocía la base anatómica ni los mecanismos fisiológicos del
habla. Hoy comprendemos que esta cualidad humana está basada en la posición
baja de nuestra laringe, que a su vez es debida a una modificación del modelo
de vías respiratorias superiores que es común en el resto de los mamíferos.
También sabemos que esta peculiar posición de la laringe restringe nuestra
capacidad de tragar líquidos y respirar al mismo tiempo, y que es la
responsable de un fenómeno tan desagradable, y peligroso, como es el
atragantamiento. Sin embargo, estos inconvenientes los consideramos como
minucias al lado de la gran ventaja que supone el disponer de un mecanismo que
nos permite modular los sonidos que está n en la base de nuestro lenguaje; sin
duda, el saldo es muy ventajoso. De este modo, en la anatomía de nuestro
aparato fonador puede reconocerse la huella de la selección natural y el rastro
de la historia evolutiva de nuestra especie.
Darwin
puede descansar tranquilo al lado de Newton; una vez más, tenía razón.
El
sentido de la evolución. La moviola de la vida
Para
explicar que no somos el resultado necesario de la evolución sino una mera
circunstancia, Stephen Jay Gould afirma en su libro Vida maravillosa
que si la cinta de la vida se rebobinara y se volviera a empezar otra vez desde
el principio, el planeta Tierra estaría ahora poblado por una variedad
completamente diferente de formas de vida, entre las que no nos encontraríamos
nosotros.
Por
supuesto que es imposible realizar tal experimento volviendo al principio de la
vida. Aunque, en cierto modo, se ha llevado ya a cabo de manera natural. Los
monos platirrinos, por ejemplo, no han evolucionado en América hacia formas de
inteligencia comparable a la nuestra. Se ve que ellos no experimentaban ningún
"impulso" que los empujara hacia el "progreso" o la
"perfección" (lo mismo se podría decir de los marsupiales en
Australia y otros casos similares de evolución en condiciones de aislamiento
geográfico).
De
todos modos podemos jugar al juego que propone Gould de otra manera. Si
suponemos que la evolución se dirige o tiende de forma espontánea hacia formas
de vida cada vez más "elevadas" o más complejas, esperaremos que el
registro fósil refleje una Historia de la Vida en la que, en razón de su
manifiesta superioridad, formas progresivamente más complejas se van imponiendo
a las demás hasta la llegada del hombre.
Pero
a la hora de realizar semejante análisis surge el problema de cómo medir la
complejidad, para establecer así una escala que se pueda aplicar a las especies
vivientes o a las fósiles, y poder decir: ‚ésta es una especie de grado 3 o
de grado 7 de complejidad (tal vez el lector piense que la nuestra ser la única
de grado 10). Reconozcamos que se trata de un problema de difícil solución.
George
Gaylord Simpson, uno de los más grandes paleontólogos del siglo xx, publicó
un libro muy influyente en 1949 titulado Meaning of Evolution (El significado de
la evolución), en el que concluía que la evolución no tenía propósito.
Entre otros temas, Simpson analizaba en un capítulo titulado "El progreso
en la evolución" la cuestión de si se había producido en la Historia de
la Vida un aumento de la complejidad. Para este sabio estaba claro que, respecto
de las primeras formas de vida unicelulares (organismos de una sola célula), se
produjo un aumento de la complejidad cuando aparecieron los organismos
pluricelulares (constituidos por muchas c‚lulas). Según Simpson, un segundo
paso hacia una mayor complejidad se dio cuando surgieron loS diferentes grandes
tipos de seres pluricelulares (Conocidos técnicamente como filum en singular y
fila en plural); ahora bien, este progreso se habría producido en múltiples
direcciones, y no en una sola línea privilegiada. A partir de este punto,
resulta imposible Comparar complejidades dentro de cada una de las líneas.
Simpson,
que era especialista en paleontólogía de vertebrados, escribía que hacía
falta mucho valor para tratar de probar que un ser humano es más complejo que
un ostracodermo (un tipo de vertebrados acuáticos con forma de pez que
aparecieron hace más de 400 m.a.).
A
todo esto todavía no hemos definido qué es la complejidad, tarea nada fácil
(el lector también puede probar). Una manera moderna de hacerlo sería la de
utilizar el concepto de complejidad que se aplica a loS sistemas. Un sistema es
un conjunto de elementos que interaccionan entre sí dando lugar a las
propiedades del sistema, y cuantos más elementos distintos tenga más
posibilidades diferentes de interacción existir n, con lo que el sistema ser
más rico en funciones, o más complejo en el sentido de menos previsible, menos
rígido, más variable y más adaptable también.
Los
organismos pluricelulares son sistemas autorregulados compuestos de células
diferenciadas que forman tejidos y órganos; éstos a su vez se organizan en
sistemas: respiratorio, digestivo, reproductor, excretor, circulatorio o
nervioso. Esta idea de la complejidad de los sistemas puede aplicarse para
comparar organismos de grupos muy diferentes, como los mamíferos con las
esponjas o las medusas; estas últimas son claramente formas de organización
mucho más simple que los mamíferos, con menos elementos diferenciados; podemos
considerarlas sistemas biológicos relativamente poco complejos. Sin embargo,
¿quién se atrevería a comparar la complejidad de un murciélago con la de un
león?
Incluso
si se comparan los organismos por el número de genes que se expresan (es decir,
que se traducen en proteínas), nos encontramos con que los protozoos tienen
más que las bacterias, los invertebrados más que los protozoos, y los
vertebrados más que los invertebrados; sin embargo, dentro de los vertebrados
es imposible establecer categorías.
Este
de la complejidad es, pues, un auténtico nudo gordiano, y sólo hay una forma
de deshacerlo: de un tajo. Podemos partir de la base de que la nuestra es, por
definición, la especie más compleja de todas. Ahora bien, si se nos compara
con el resto de los primates, o de los mamíferos, ¿dónde reside nuestra
superior complejidad? Los humanos sólo podemos considerarnos más complejos en
uno de nuestros sistemas, el sistema nervioso central, y tendrá que ser éste
quien nos otorgue finalmente la victoria en la competición por el primer puesto
en la escala de la complejidad.
Según
este razonamiento, que pone al hombre como medida de todas las cosas, queda
claro que cuanto más próxima en la evolución está‚ una especie al Homo
sapiens, cuanto más grande sea su parecido y su parentesco, mayor ser su grado
de complejidad. De este modo, los mamíferos serían los animales más complejos
de la Historia de la Vida, y dentro de los mamíferos, los primates, y entre
ellos, los gorilas y chimpancés, de los que sólo nos separa aproximadamente el
1% de nuestros genes.
No
vamos a poner aquí en entredicho este sospechoso sistema de medir el grado de
complejidad de los seres vivientes utilizando a nuestra especie como patrón.
Sea, si así lo quiere el lector. Lo que se puede discutir es si esa supuesta
mayor complejidad constituye una ventaja evolutiva que conduce hacia el triunfo
(progresivo, lineal e inexorable) de los más complejos, que se impondrán
siempre en la lucha por la existencia sobre los organismos más sencillos hasta
el advenimiento del ser más complejo de todos, el ser humano. Veamos qué dice
el registro fósil al respecto.
Los
mamíferos son el grupo de vertebrados al que pertenecemos, y en consecuencia es
considerado por unanimidad como el más "avanzado" de todos, muy por
encima de anfibios, reptiles o aves. Por ello cabría pensar que desde que
aparecimos los mamíferos nos impusimos a los demás vertebrados terrestres.
Muchas personas tienen la vaga idea de que los mamíferos surgieron en un mundo
dominado por los dinosaurios a los que finalmente consiguieron derrotar gracias
a su superioridad.
Sin
embargo, el registro fósil nos indica todo lo contrario. Los antepasados
directos de los mamíferos, unos reptiles llamados terápsidos (tan parecidos ya
a los verdaderos mamíferos posteriores que han sido llamados "reptiles
mamiferoides" ), eran los que dominaban los ecosistemas terrestres a
comienzos del Mesozoico (la Era Secundaria). Normal, podría pensarse, eran
superiores a los demás reptiles. Sin embargo, en un momento determinado, hace
200 m.a. en números redondos, los terápsidos empezaron a declinar y los
ecosistemas terrestres vieron su gradual sustitución por los dinosaurios (más
tarde, de un grupo de dinosaurios surgirían las aves, verdaderos
"dinosaurios vivientes" ).
Si
el término "superior" puede ser aplicado en biología evolutiva a
algún grupo, en este caso tendría que ser a los dinosaurios.
Los
terápsidos se extinguieron finalmente; y aunque algunos dieron lugar a los
primeros mamíferos, éstos no sólo no se impusieron sobre los reptiles, sino
que llevaron una existencia muy discreta durante el resto del Mesozoico (sin
excepción, todos los mamíferos eran de pequeño tamaño). Hasta que el impacto
de un meteorito, no la superioridad de los mamíferos, acabó con los
dinosaurios hace 65 m.a. De no haber sido por ese meteorito
"providencial", la evolución de los vertebrados terrestres habría
sido sin duda muy diferente (algunos autores opinan que la extinción de los
dinosaurios tal vez se debiera a los efectos en la atmósfera de una serie de
grandes erupciones volcánicas; para el razonamiento que seguimos aquí lo
importante es que los dinosaurios desaparecieron por una causa no biológica, y
es irrelevante que ésta sea un meteorito, un fenómeno de volcanismo o
cualquier otra catástrofe geológica).
Veamos
ahora otro caso sacado de las páginas del registro fósil, esta vez todavía
más próximo a nosotros. Como se ha comentado en este libro, dentro de los
primates pertenecemos a un grupo, el de los hominoideos, que incluye una serie
de especies, los antropomorfos, con los que compartimos muchos rasgos y, a decir
verdad, muchos genes. De hecho, también son los primates que tienen un cerebro
más desarrollado. Siendo éstos los mamíferos más parecidos a nosotros
cabría esperar que su superioridad los hubiera llevado a imponerse al menos
sobre los demás monos desde el mismo momento de su aparición. Recordemos que
los hominoideos se originaron en África hace al menos 23 m.a. y, a partir del
momento en que estos primates pudieron salir de África (hace unos 17 m.a.) para
poblar también Europa y Asia, se convirtieron en el grupo de primates con más
éxito evolutivo, diversificándose en un gran número de especies que habitaban
el ancho cinturón de selvas que se extendía por gran parte del Viejo Mundo.
Parece lógico, se trataba de los primates más inteligentes y su éxito
anunciaba el glorioso futuro que le esperaba al ser humano.
Una
vez más, el registro fósil nos dice todo lo contrario de lo que parece
"lógico". Hace entre unos 8 y 7 m.a., los hominoideos dejaron de ser
los "reyes de la creación". Un gran cambio ecológico hizo
desaparecer su paraíso. Factores astronómicos, movimientos de masas
continentales y levantamientos de cadenas montañosas modificaron el clima y la
composición de la atmósfera, haciendo que su hábitat se deteriorara en gran
parte de su otrora enorme extensión. El bosque dio paso a los ecosistemas más
abiertos.
Pero
no sólo el cambio en la vegetación redujo su espacio vital, sino que otros
primates, los cercopitecoideos, se hicieron más numerosos y variados que ellos.
En términos militares, los antropomorfos se baten en retirada. En la actualidad
han quedado reducidos a dos especies de chimpancés y al gorila en África, al
orangután en Sumatra y Borneo, y los gibones en el sudeste del Asia continental
e insular. No deja de ser significativo que sea el pequeño gibón, el
hominoideo más alejado de los humanos, el más afortunado en diversidad y
abundancia. Pese a la presión humana, aún sobreviven varios millones de
gibones repartidos en nueve especies.
Pero
hace unos 5 o 6 m.a., en algún lugar de África, posiblemente en su parte más
oriental, empezó a diferenciarse un tipo particular de hominoideo: el primer
homínido, nuestro más antiguo antepasado. Al principio no era apenas distinto
de los antepasados de los actuales chimpancés y gorilas. Podría ser
considerado como la versión Africana oriental del mismo grupo. Más tarde, hace
al menos 4 m.a., este tipo de hominoideo presentaba una característica
singular, nunca antes vista. No, no era un hominoideo más inteligente que los
demás. Era un hominoideo bípedo.
Andando
el tiempo, los hominoideos bípedos se fueron adaptando a los ecosistemas cada
vez más secos de gran parte de África. Para ello desarrollaron
especializaciones en la dentición. Ya vimos en su momento que es difícil medir
la inteligencia de las especies fósiles (e incluso de las vivientes), pero
utilizando el índice de encefalización es probable que los organismos más
encefalizados hace 3 m.a. fueran los delfines, no los homínidos.
Hace
unos 2,5 m.a. los homínidos se habían diversificado en dos líneas evolutivas
diferentes. Una de ellas, la de los parántropos, se especializó en un aparato
masticador hipertrofiado. En la otra estaban los primeros representantes del
género Horno, los primeros humanos, con un cerebro algo mayor. Sólo a partir
de este momento, los homínidos son únicos entre los seres vivientes por su
mayor complejidad cerebral. Estos humanos fabricaron los primeros instrumentos
de piedra. Los parántropos se extinguieron después, y los humanos posteriores
modificaron su estructura corporal, aumentaron su cerebro y perfeccionaron su
tecnología.
Pero
ni siquiera desde que apareció la inteligencia en la biosfera la evolución
humana ha seguido un camino único, una línea recta que conduce hasta nosotros.
Por el contrario, hasta hace pocos miles de años han existido varias especies
humanas inteligentes sobre la faz de la Tierra. El que ahora sólo exista la
nuestra nos da una falsa perspectiva de que siempre ha sido así, de que
nuestros antepasados se han sucedido unos a otros en una secuencia ordenada, en
una escalera por la que hemos ido ascendiendo peldaño a peldaño.
En
resumen, ni la historia evolutiva de los mamíferos, ni la de los hominoideos,
refleja un patrón de aparición y progresivo dominio sobre las demás criaturas
gracias a sus superiores características, especialmente su inteligencia. Por el
contrario, el registro fósil nos muestra en ambos casos una historia de
aparición y posterior diversificación, seguida de la casi completa extinción
y resurgimiento final; en el caso de los mamíferos gracias aun acontecimiento
favorable de origen extraplanetario (o a alguna catástrofe geológica), y en el
caso de los hominoideos, resurgimiento sólo parcial y debido ala adaptación de
una de sus formas, los homínidos, aun modo de vida completamente nuevo para los
primates, la vida en los medios abiertos, sin que la complejidad cerebral tenga
nada que ver en esta adaptación.
¿Qué
quiere decir todo esto? Sencillamente, que si no hubiera sido por una serie de
acontecimientos ajenos a la biología, como la llegada a la Tierra de un
meteorito, el levantamiento de cadenas montañosas, grandes movimientos de
continentes y otros de menor escala, no estaríamos ahora aquí haciendo
filosofía.
Dicho
de otro modo, un biólogo extraterrestre habría predicho al comienzo del
Mesozoico un gran éxito evolutivo para los "reptiles mamiferoides" y
sus descendientes, y se habría equivocado (por cierto que en esta oportunidad
la derrota de los reptiles mamiferoides se produjo sin necesidad de catástrofe
alguna; los dinosaurios "jugaron limpio" y batieron a nuestros
antepasados en pura competencia ecológica).
Otro
biólogo alienígena que presenciara la vida en la Tierra algunos millones de
años después habría pronosticado un gran futuro a los dinosaurios, y se
habría equivocado también. Un tercer visitante habría dicho hace diez
millones de años que los hominoideos reinarían para siempre en los bosques del
Viejo Mundo, errando por completo.
Si
la visita se hubiera producido hace seis millones de años el viajero del
espacio estaría convencido de que la ruina de todo el grupo de los hominoideos
era inminente. ¿Cómo habría podido saber el biólogo extraterrestre, que el
cambio ecológico que tanto perjudicaba a los hominoideos iba a propiciar la
aparición de un tipo de hominoideo bípedo que más adelante daría lugar a una
especie, la nuestra, que poblaría el mundo y terminaría produciendo, también
ella, biólogos? Incluso hace tan sólo 60.000 años, cuando los neandertales se
extendían por toda Europa, Asia central y Oriente Próximo, ¿quién podría
haber pronosticado que los humanos modernos, nuestros antepasados, saldrían del
continente Africano y serían la causa de la extinción de los neandertales
algunos miles de años después? y ahora que empezamos a saber cómo han
ocurrido las cosas en e] pasado, ¿quién se atrever a vaticinar el futuro de la
biosfera?
Pero
lo realmente trascendente no es la posibilidad de anticiparnos al futuro. Esto
sólo es una curiosidad, una anécdota. Lo importante es que nuestra capacidad
de predicción es la medida de nuestro conocimiento del funcionamiento del
proceso evolutivo. ¿Pero en verdad este conocimiento depende sólo de nosotros?
Si
la evolución siguiera unas tendencias o trayectorias a lo largo del tiempo
podríamos, prolongándolas hacia el futuro, predecirlo.
Como
la única tendencia que parece seguir la evolución es la de adaptarse de muchas
maneras diferentes a las cambiantes circunstancias del medio, la pregunta de
hacia dónde van las especies quedar necesariamente sin respuesta.
Esta
imprevisibilidad de la evolución indica que nada está escrito de antemano, que
todo es posible. Muestra que el grupo biológico más floreciente puede
extinguirse a causa de cambios en el medio físico o por culpa de la competencia
con otros grupos de organismos. Ninguna forma de vida puede considerarse
superior a las demás, porque ninguna está a salvo de la hecatombe.
Ahora
bien, que la evolución sea imprevisible, ¿quiere decir que está gobernada por
el ciego azar, que no hay leyes, que todo es caos, que nada se puede explicar?
¿Es razonable admitir que el desorden (el no-orden) haya producido tanta
maravilla biológica? ¿Puede el ruido dar lugar por casualidad a una sinfonía?
En
el núcleo mismo de la evolución hay caos puro. La selección natural opera
sobre las variantes gen ‚ticas que surgen sin relación alguna con las
actividades de los organismos o sus necesidades. La mutación, generadora de
variación, es un proceso estocástico (regido por el azar). Sin embargo, una
vez que una variante se ha producido, que se conserve y difunda o que sea
eliminada y desaparezca no depende de la casualidad; en la compleja
interrelación que un organismo mantiene con los demás y con el medio físico,
determinadas variantes confieren a sus portadores una capacidad mayor para
sobrevivir y reproducirse, mientras que otras la reducen, y ser n únicamente
las primeras las llamadas a perpetuarse. La selección natural es un proceso
determinístico.
Pero
a más largo plazo, no a la escala individual de los organismos sino ala de las
especies y los grupos de especies, ¿hay azar o hay leyes? Para la física
tradicional, incluida la de Newton y las más modernas física cuántica y
relativista, el conocimiento completo garantiza la certidumbre, y la
imprevisibilidad es consecuencia únicamente de nuestra ignorancia. Sin embargo,
la moderna teoría del caos predica que puede haber orden, es decir, leyes que
podemos conocer, en el interior de un sistema dinámico, y que, sin embargo, su
comportamiento futuro puede ser impredecible. Veamos cómo puede entenderse esta
aparente paradoja.
Organización
y caos
Hoy
en día tememos que las actividades agrícolas, ganaderas o industriales de la
humanidad puedan destruir el equilibrio ecológico, generalmente haciendo que
desaparezcan especies, por muy bien adaptadas que estén. La introducción de
animales, plantas u otros organismos de una región en otra (como los conejos en
Australia) también puede tener efectos catastróficos para el equilibrio
ecológico. Asimismo, nos preocupan los efectos en la biosfera del cambio
climático inducido por la emisión de gases de efecto invernadero como el di
óxido de carbono, y por la destrucción de la capa de ozono. Todos somos cada
vez más conscientes de que los ecosistemas, siempre en frágil equilibrio, se
componen de numerosas especies con una larga historia detrás.
Pero,
de una manera natural, todas estas cosas que nos preocupan (con razón) han
ocurrido muchas veces en el pasado. Los continentes y mares no han tenido
siempre la distribución que tienen ahora, y las diferentes regiones donde se
desarrolla la vida se han separado y puesto en contacto de muchas formas
distintas, dando lugar a numerosos intercambios de especies en los que algunas
han resultado favorecidas y otras perjudicadas. Los cambios climáticos han sido
frecuentes en la Historia de la Vida y su impacto en los ecosistemas muy fuerte
(no hay más que recordar la alternancia entre glaciaciones y períodos
interglaciales como el que ahora vivimos, que no durar siempre); también la
composición de la atmósfera ha variado.
Finalmente,
aunque el medio físico permaneciera inmutable, la aparición por evolución de
especies nuevas introduce un factor fundamental de inestabilidad en los
ecosistemas, y hace que ‚éstos siempre está‚n cambiando. Los organismos
presentan adaptaciones, conseguidas a lo largo de su evolución, que tienen
sentido sólo en relación con los nichos ecológicos que las especies ocupan.
En
una comunidad todas las poblaciones está n relacionadas entre sí por
intrincadas redes a través de las cuales fluye la energía y la materia. En el
caso de un primate, por ejemplo, cualquier cambio en los vegetales de los que se
alimenta o en los animales que consume, en los depredadores de los que es presa,
en los competidores, o en sus par sitos, tendrá consecuencias imprevisibles
para la supervivencia de la especie, que se ver obligada a evolucionar a su vez,
adaptándose a las nuevas circunstancias.
En
otras palabras, la biosfera es un macrosistema enormemente complejo, constituido
por muchos elementos diferentes que se auto organizan según una jerarquía de
niveles (célula, tejido, órgano, sistema, individuo, grupo familiar, grupo
social, población, comunidad, ecosistema), e interaccionan de muchas formas
diferentes a todos los niveles. Este tipo de sistemas presenta grandes
dificultades para identificar sus leyes básicas de funcionamiento, incluso
cuando los elementos constituyentes son siempre los mismos. Sin embargo, y para
complicar más las cosas, la evolución de las especies hace que la biosfera sea
un macrosistema inestable, muy alejado del equilibrio, que no ha permanecido
está tico jamás, y cuya composición (las especies y por ende sus diversas
interacciones) ha cambiado a lo largo del tiempo.
De
todo esto se desprende que la evolución de las especies está sometida a la
influencia de tal cantidad de factores que en la práctica su futuro es
imprevisible. Esto no quiere decir que la evolución dependa del puro azar (en
el sentido vulgar de caos incomprensible). Por el contrario, se puede entender,
aunque eso sí a posteriori, como el tiempo meteorológico. En cierto modo se
puede aplicar aquí el conocido ejemplo de la teoría del caos denominado
"efecto mariposa": el batir de las alas de una mariposa en Pekín
puede hacer que llueva en Nueva York (y no digamos si el delicado movimiento de
las alas del insecto se sustituye por un meteorito de varios kilómetros de di
metro viajando hacia la Tierra a toda velocidad).
¿Pero
se trata sólo de una cuestión técnica? ¿Nuestra incertidumbre se debe sólo
a la complejidad del problema? La teoría del caos llegaría más lejos, hasta
afirmar que aunque conociéramos todos esos factores e interacciones al detalle,
el futuro no se puede conocer, simplemente porque no está dado. Es el fin de
las certidumbres, que son sustituidas por probabilidades.
Cuenta
Konrad Lorenz en su libro Sobre la agresión: el pretendido mal, que Alfred Kuhn
terminó una conferencia citando estas palabras de Goethe: "La mayor dicha
del hombre que piensa es haber explorado lo explorable y haber reverenciado
tranquilamente lo inexplorable". Al momento estallaron los aplausos del
público, y Kuhn alzó su voz para exclamar: "No, señores. Tranquilamente
no. Nunca tranquilamente". ¿Debemos nosotros dar por concluidas en este
punto las investigaciones sobre la naturaleza de la evolución? ¿Está ya todo
dicho?
Nosotros
pensamos, por el contrario, que queda mucho trabajo por hacer. La física de
Newton nos habla de trayectorias que pueden ser expresadas por medio de
ecuaciones. Conocidas las condiciones iniciales, tales trayectorias son
predecibles y reversibles, como un péndulo, ahora aquí y luego allí. En esas
ecuaciones el tiempo no existe, es sólo una ilusión donde el futuro y el
pasado se dan la mano. La física cuántica sólo sustituye las trayectorias por
las funciones de onda, pero la simetría con respecto al tiempo no cambia. La
evolución biológica por el contrario es un proceso irreversible, que se
despliega en el tiempo, que nos sorprende a cada instante, que no sigue
trayectorias (tendencias).
¿Cómo
hacer conciliables a la física y la biología? Si la teoría del caos está en
lo cierto, hay, como dice Ilya Prigogine (premio Nobel de Química de 1977) en
su libro El fin de las certidumbres, una estrecha senda entre dos concepciones
del mundo igualmente alienantes: la de un mundo determinista regido por leyes
inmutables que no dejan ningún resquicio para la novedad (y donde la mayor de
todas, la evolución, no sería posible), y la de "un mundo absurdo, sin
causas, donde nada puede ser previsto ni descrito en términos generales",
sometido al puro azar. Corresponde a los Darwin del presente o del futuro
recorrer esa estrecha senda.
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