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El
origen de la humanidad moderna: la evidencia genética
Texto
tomado del libro "La especie elegida" de Juan Luis Arsuaga e Ignacio
Martínez (del Proyecto Atapuerca).
El
valor y la utilidad de un experimento dependen de lo apropiado que sea el
material para el objeto con que se emplea.GREGOR
MENDEL, Experimentos de hibridación en plantas.
Una
Idea Luminosa
Uno
de los aspectos más controvertidos en el campo de la paleontología humana ha
sido desde siempre el del origen de la humanidad actual. Para un buen número de
paleoantropólogos, como Gunter Briiuer y Christopher Stringer, los humanos
modernos se originaron en África hace entre 300.000 y 100.000 años. A partir
de esta Cuna Africana, nuestra especie se expandió por el resto del
Viejo Mundo y reemplazó a las distintas humanidades (neandertales y Homo
erectus) que habían aparecido como resultado de evoluciones locales, en
condiciones de aislamiento reproductor, en Europa y Asia. Esta hipótesis ha
sido bautizada con el nombre de Out of África en referencia al hermoso libro de
Isak Dinesen (traducido al castellano como Memorias de África) en que se basó
la película del mismo nombre.
Por
otra parte, la idea de que neandertales y humanos modernos no forman una
secuencia de tipo antecesor descendiente, sino que pertenecen a dos líneas
evolutivas independientes separadas desde muy antiguo, también ha sido
defendida por distintos paleoantropólogos, desde que fuera expuesta en 1912.
por Pierre Marcelline Boule (1861-1942). Aquí hemos seguido estos
planteamientos en cuanto al origen de la humanidad moderna y de sus relaciones
evolutivas con los neandertales ya que, en nuestra opinión, la evidencia fósil
los confirma plenamente.
Sin
embargo, también es cierto que otros paleoantropólogos aprecian, en los mismos
fósiles, evidencias de un origen múltiple y muy antiguo de la humanidad
moderna. Para estos investigadores, cada una de las distintas poblaciones
humanas que ocuparon el Viejo Mundo desde la primera salida de África, hace
más de 1 m.a., evolucionaron en cada región geográfica para dar lugar a las
poblaciones humanas (las diferentes "razas" en una terminología más
clásica) que hoy día pueblan el globo.
En
su formulación original, esta hipótesis, defendida por Franz Weidenreich y
Carleton Coon (1904-1981) entre otros, contemplaba que cada línea humana había
evolucionado independientemente y en paralelo con las otras. Esta visión no es
darwinista ya que postula que poblaciones distintas que evolucionan por separado
en medios dispares acaban confluyendo en la misma especie. Para salvar este
problema, la versión moderna, cuyos principales paladines son Milford Wolpoff y
Alan Thorne, propone la existencia de un flujo génico entre todas las
poblaciones pleistocenas distribuidas a lo largo de África, Asia y Europa. Este
flujo génico habría sido de una magnitud suficiente como para mantener la
homogeneidad de la especie humana dispersa por tres continentes, pero no tan
intenso como para disipar ciertos rasgos que caracterizan a los humanos de cada
región. Esta hipótesis se conoce en la actualidad como hipótesis del origen
multirregional.
La
causa principal de que puedan mantenerse hipótesis contradictorias referidas al
origen de los humanos modernos no es otra que la naturaleza del registro fósil.
Los paleontólogos intentan desentrañar un proceso que tuvo lugar a lo largo de
centenares de miles de años en tres continentes y que implicó a millares de
individuos. Para acometer tamaña tarea no cuentan más que con un puñado de
fósiles, a menudo fragmentarios, aislados y dispersos en el tiempo y el
espacio. Sin duda, son más vastas las lagunas del registro que los aspectos
conocidos.
El
descubrimiento de nuevos fósiles, la datación precisa de éstos y el
conocimiento cada vez más profundo de la biología de las especies son las
herramientas de las que se valen los paleontólogos para ir contrastando sus
hipótesis. Pero este procedimiento es lento y tortuoso y depende en buena
medida del azar propio de los hallazgos paleontológicos. Lo ideal sería poder
recurrir a datos procedentes de un campo independiente de la paleontología para
poner a prueba las hipótesis surgidas del estudio de los fósiles; pero adónde
acudir en busca de dichos datos?
El
conocimiento que hemos alcanzado a lo largo de este siglo sobre los mecanismos
de la herencia genética nos ha permitido plantearnos una manera nueva de
enfocar el problema de la historia evolutiva de las especies. La idea es tan
simple como luminosa: no importa que haya pocos fósiles de las especies del
pasado, puesto que el material genético de las especies vivas contiene las
claves de su propia historia evolutiva; sólo es preciso saber dónde mirar.
Ya
vimos un ejemplo de este planteamiento en el capítulo dedicado al origen de los
homínidos y sus relaciones con gorilas y chimpancés. Pero el problema del
origen de la humanidad moderna es diferente porque sólo sobrevive una de las
especies involucradas en el proceso y, por tanto, únicamente de ella disponemos
de material genético (con una sola excepción). Los estudios genéticos
dedicados a esclarecer el origen de la humanidad moderna buscan determinar la
estructura genética de la humanidad actual, a partir de la cual es posible
realizar inferencias sobre el cómo, el cuándo y el dónde de nuestro origen.
Las
moléculas de la herencia
La
molécula responsable de la herencia biológica es el ácido desoxirribonucleico
(ADN), que lleva codificada en su estructura química la información necesaria
para asegurar la continuidad de las especies. El ADN de las células está
organizado en unidades discretas llamadas cromosomas, que en el caso de las
células de los animales están albergados en el interior del núcleo celular.
Cada
especie tiene un número determinado de cromosomas; los humanos tenemos 23 pares
distintos de cromosomas homólogos, o sea, 46 cromosomas en total.
Cuando
se producen los gametos (óvulos y espermatozoides) tiene lugar un tipo de
división celular muy especial conocido como meiosis, como resultado del cual
cada gameto sólo recibe una copia de cada cromosoma; es decir, que a diferencia
de las demás células del cuerpo, nuestros gametos sólo tienen 23 cromosomas,
uno de cada tipo. Este proceso tiene un significado evidente: si los gametos
portaran el mismo número de cromosomas que el resto de las clulas del
organismo, la clula huevo, resultante de la fusión de dos gametos, tendría el
doble de cromosomas que las clulas de sus progenitores, con lo que el número de
cromosomas de una especie no sería constante a lo largo del tiempo sino que se
doblaría en cada generación.
Durante
la meiosis tiene lugar un fenómeno muy importante llamado recombinación, que
consiste en el intercambio de fragmentos de ADN entre los cromosomas homólogos
de cada par.
Como
resultado se obtienen dos cromosomas recombinantes cuya información genética
es una mezcla de la de los cromosomas paterno y materno. El fenómeno de la
recombinación es muy valioso en términos evolutivos ya que al mezclar la
información procedente de cada progenitor aparecen combinaciones gen ticas
nuevas. La recombinación es junto a la mutación el principal factor de
producción de variabilidad en los organismos, que es la base sobre la que
actúa la selección natural.
El
par cromosómico 23 es diferente de los demás pares porque está formado por
dos cromosomas distintos en el caso de los varones. En este par de cromosomas es
donde reside la información genética que determinar el sexo de las personas.
Los cromosomas del par 23 pueden ser de dos tipos: un cromosoma con forma de
'x', (que recibe ese nombre, cromosoma X) y otro, más pequeño, con forma de
"y" (que se denomina cromosoma Y). Las mujeres siempre presentan dos
cromosomas X en el par 23, mientras que los varones tienen un cromosoma X y un
cromosoma y en dicho par; así, las mujeres son xx y los varones xY.
La
Eva Negra
Nuestras
células obtienen su energía a través de una serie de reacciones químicas muy
complejas, la mayor parte de las cuales, en especial aquellas en las que
interviene el oxígeno, tienen lugar en el interior de una serie de pequeños
orgánulos llamados mitocondrias. Además de por este importante papel en la
vida celular, las mitocondrias son extraordinarias por otra característica: son
los únicos orgánulos de la célula animal que poseen su propio material
genético.
El
ADN de una mitocondria está contenido en un cromosoma circular más pequeño
que los cromosomas del núcleo de la clula, y muy parecido al de las bacterias.
El ADN mitocondrial es ideal para los estudios evolutivos por dos razones: en
primer lugar porque toda su variabilidad se debe en exclusiva a las mutaciones,
ya que no sufre el proceso de recombinación; y en segundo término porque los
orgánulos de la clula huevo proceden únicamente del óvulo materno y se
transmiten de manera matrilineal (en el proceso de fecundación el
espermatozoide sólo aporta sus cromosomas nucleares, por lo que la clula huevo
es el propio óvulo más los cromosomas nucleares del espermatozoide).
De
este modo, podemos seguir la ascendencia de un cromosoma mitocondrial, de mujer
en mujer, a través de las generaciones.
El
ADN de las mitocondrias (ADNmt, en lo sucesivo) de cualquiera de nuestras clulas
puede identificarse con un único antecesor en cada generación: nuestra madre,
nuestra abuela materna, sólo una de nuestras cuatro bisabuelas (la madre de
nuestra abuela) y así sucesivamente.
De
manera ingenua, se podría suponer que los genéticos analizan la totalidad del
ADNmt de cada individuo a la búsqueda de sus peculiaridades para compararlas
con las de otras personas, pero lo cierto es que esta tarea requeriría una gran
cantidad de tiempo, medios y esfuerzo. En realidad, los estudios sobre la
variabilidad del ADNmt se circunscriben a regiones concretas. Las regiones
elegidas deben presentar variabilidad, que se manifiesta por la existencia de
una serie de tipos diferentes de ADNmt (polimorfismo); las diferentes
poblaciones humanas modernas pueden ser caracterizadas por la frecuencia en que
se presentan, en cada una de ellas, los correspondientes tipos.
Aunque
no fue el primer trabajo publicado sobre la variación del ADNmt en humanos, el
artículo aparecido el primer día del año 1987 en la revista Nature y firmado
por Rebecca Cann, Mark Stoneking y Allan Wilson supuso una auténtica conmoción
en los estudios sobre el origen de la humanidad moderna. En dicho trabajo se
presentaban los resultados de un extenso estudio realizado a partir del ADNmt de
ciento cuarenta y siete personas procedentes de cinco grandes grupos humanos
diferentes (caucásicos, asiáticos, Africanos, aborígenes australianos y
aborígenes de Nueva Guinea). La amplitud de la muestra, unida ala gran
extensión de la porción del ADNmt estudiada (que representaba alrededor del 9%
del total del cromosoma mitocondrial), contribuyeron al gran impacto del
artículo.
Los
resultados de este trabajo pueden resumirse en dos puntos principales (en los
que también coincidían las investigaciones, más limitadas, sobre el ADNmt
realizadas por otros autores en años anteriores).
En
primer lugar, se apreciaba la existencia de dos grandes grupos en cuanto al
parecido de los ADNmt. En uno de ellos se encontraba solamente ADNmt de origen
Africano, mientras que en el otro aparecían los ADNmt del resto de las
procedencias junto con algunos ADNmt de origen Africano.
El
segundo resultado fundamental del estudio se refería a la variabilidad dentro
de cada grupo. Los ADNmt del grupo Africano mostraban más diversidad entre sí
que la existente dentro del grupo que incluía al resto de ADNmt. Esta
situación fue interpretada como evidencia de que el grupo Africano era el más
antiguo de todos. El que la diversidad encontrada entre los ADNmt de un grupo
pueda usarse como medida de su antigüedad se basa en la presunción de que
cuanto más antiguo sea dicho grupo más tiempo habrá tenido para acumular
mutaciones, dando lugar a más tipos diferentes de ADNmt.
Finalmente,
los autores del artículo calcularon el tiempo transcurrido desde que se produjo
la separación de todas las líneas de ADNmt en alrededor de 200.000 años,
momento en el que vivió en África la mujer hasta la que podían remontarse
dichas líneas.
Las
conclusiones del trabajo de Cann, Stoneking y Wilson saltaron a los medios de
comunicación y fueron inmediatamente bautizadas como la hipótesis de la Eva
Negra (en alusión al origen Africano de nuestra especie), pero también fueron
puestas enseguida en tela de juicio.
Las
principales objeciones a la hipótesis de Cann y sus colaboradores se refieren
sobre todo a la interpretación que estos autores hicieron de sus resultados y
al modo en que estimaron el tiempo.
Respecto
de las críticas dirigidas a la interpretación de los resultados, destacan dos
argumentos. El primero incide en el hecho de que, por la naturaleza de su
transmisión matrilineal, es esperable que se vayan perdiendo líneas de ADNmt
lo largo del tiempo debido exclusivamente al azar (por ejemplo, el ADNmt de
aquellas mujeres que sólo alumbren varones dejar de estar representando en la
población), lo que explicaría, sin más, la poca variabilidad de las
poblaciones extra-Africanas.
Otra
crítica hace referencia a que los estudios de ADNmt pueden ofrecer una visión
sesgada de la historia evolutiva de la humanidad, ya que sólo contemplan la
historia de las mujeres, que podría no ser la misma que la del conjunto de la
población.
Estas
objeciones han tenido sus correspondientes replicas y contrareplicas,
involucrando aun elevado número de científicos.
Puesto
que todos los argumentos expuestos son razonables, la única manera de resolver
el problema es la de buscar nuevas evidencias estudiando el ADN nuclear.
Respecto
del cálculo del tiempo transcurrido desde el origen de la humanidad moderna,
volveremos sobre este punto más adelante en este mismo capítulo.
Un
Adán para Eva
La
mejor manera de contrastar los resultados e interpretaciones realizadas a partir
del estudio del ADNmt, consiste en estudiar la variabilidad de una parte del ADN
nuclear que se transmita por vía paterna y que, como en el caso del cromosoma
de la mitocondria, no experimente recombinación. El único cromosoma nuclear
que cumple estas características es el cromosoma Y.
Algunos
de los polimorfismos detectados en el cromosoma y tienen la característica de
que su variabilidad puede resumirse en unos pocos tipos (o haplotipos) entre los
que es posible determinar cu l es el primitivo (por comparación con la
condición presente en los antropomorfos). Esta situación supone una valiosa
novedad respecto de los trabajos anteriores realizados con el cromosoma
mitocondrial, en los que se deducía cu l era el tipo primitivo a partir de la
distribución de los distintos tipos de ADNmt entre las poblaciones estudiadas.
Los
resultados de distintos análisis sobre diferentes polimorfismos del cromosoma y
apuntan todos en la misma dirección: la humanidad moderna tuvo un antepasado
varón que vivió en África hace entre 100.000 y 200.000 años. Los dos
estudios más recientes, realizados por los equipos encabezados por Michael
Hammer y Peter Underhill, llegan aún más lejos y señalan a los khoisánidos
(los bosquimanos) como la población humana con las frecuencias más altas de
haplotipos primitivos.
Pero
además de estos resultados referidos al origen de nuestra propia especie, los
estudios sobre el cromosoma y nos han aportado información muy valiosa sobre
otros aspectos de nuestra historia evolutiva. En primer lugar, que la salida de
África no fue en una única "oleada" sino que se produjeron al menos
dos en distintas épocas. La primera de ellas tuvo lugar hace más de 50.000
años y colonizó Asia y Australia, mientras que a Europa llegó otra
"oleada" posterior. Estos resultados coinciden con los datos de la
arqueología que, como ya hemos visto, apuntan a que el poblamiento de Australia
por la humanidad moderna fue anterior al de Europa.
Pero
el aspecto que quizá resulte más llamativo al comparar los estudios sobre el
ADNmt y el cromosoma y sea que, mientras que las distintas variantes del ADNmt
está n muy extendidas por todo el mundo, los diferentes tipos del cromosoma y
presentan distribuciones geográficas más limitadas y muchos de ellos aparecen
restringidos a grupos locales. Según Luigi Cavalli-Sforza, estos datos admiten
una interpretación atrevida: que han sido las mujeres las que han llevado sus
genes por todo el mundo, mientras que los varones han permanecido
preferentemente en su grupo natal; o sea, sociedades de tipo patrilocal. Cabe
recordar la hipótesis de Rob Foley, que ya comentamos en el capítulo dedicado
a la biología social, de que los primeros homínidos formaban, al igual que los
chimpancés, sociedades patrilocales de machos emparentados.
Los
otros cromosomas
Aunque
los análisis realizados sobre el cromosoma mitocondrial y el cromo soma y
llegan a conclusiones similares, es posible argumentar que estos resultados
está n basados en estudios limitados a una pequeña parte del ADN de una
persona y, además, circunscritos a cromosomas muy especiales, dada su especial
vinculación a uno u otro sexo. Legítimamente, cabe preguntarse si la
"historia evolutiva" del resto de los cromosomas también apoyar el
origen Africano o, si por el contrario, mostrar un panorama más diverso.
El
investigador James Wainscoat fue uno de los pioneros en el estudio del origen de
la humanidad moderna a partir del ADN nuclear. Trabajando sobre la distribución
de cinco polimorfismos en la región del gen de la hemoglobina para ocho grupos
humanos, Wainscoat y su equipo publicaron en 1986 que todas las poblaciones
humanas modernas derivaban de una población ancestral Africana de hace unos
100.OOO años, y cuyos efectivos habrían estado en torno a los seiscientos
individuos. En esta misma línea se encontraban también las conclusiones que
Luigi Cavalli-Sforza y sus colaboradores dieron a conocer en 1988 a partir del
análisis de la distribución de 120 marcadores genéticos (proteínas
codificadas por el ADN nuclear tales como los grupos sanguíneos) en cuarenta y
dos poblaciones humanas. El origen Africano, hace alrededor de 100.000 años, de
la humanidad moderna fue corroborado de nuevo en 1991 por un amplio estudio en
polimorfismos del ADN nuclear realizado por dos equipos encabezados por Luigi
Cavalli-Sforza, y Judith y Kenneth Kidd.
Parque
Pleistoceno
El
famoso libro de Michael Crichton Parque jurásico, que dio pie a la saga de
películas del mismo nombre dirigidas por Steven Spielberg, está basado en la
posibilidad de recuperar ADN intacto a partir de restos fósiles. Cuando
Crichton escribió su libro se acababan de publicar una serie de artículos
científicos que daban cuenta del hallazgo de ADN de dinosaurios a partir de
insectos fosilizados en ámbar hace cerca de 100 m.a. Sin embargo, hoy día
estos trabajos están completamente desprestigiados y se ha comprobado que el
ADN encontrado procedía de contaminación moderna. Más aún, se ha demostrado
que no es posible encontrar ADN fósil tan antiguo por la sencilla razón de que
esta molécula no se conserva inalterable tanto tiempo; ni siquiera el ámbar
puede evitar la oxidación del ADN y su consiguiente deterioro.
El
ADN más antiguo que se ha recuperado en fósiles tiene una antigüedad mucho
más modesta que la de los dinosaurios de Parque jurásico; se trata de ADNmt de
mamuts conservados en los hielos de Siberia entre hace 50.000 y 100.000 años.
Las bajas temperaturas parecen haber favorecido la conservación del ADNmt de
los mamuts y no se espera hallar nada semejante fuera de ambientes tan
especiales como el helado suelo siberiano.
Uno
de los principales problemas para los "paleontólogos del ADN" (aparte
de la propia existencia de ADN fósil) consiste en evitar la contaminación de
ADN moderno debida a la manipulación inherente a la excavación, restauración,
estudio y otras labores que se llevan a cabo sobre los fósiles. Un buen ejemplo
de esta situación han sido los esfuerzos para aislar ADNmt del popular Hombre
del Hielo del Tirol (de hace 5.000 años). Los primeros intentos toparon con la
presencia de ADN moderno contaminante, y se hizo preciso refinar las técnicas
para encontrar ADNmt que no ofreciera dudas sobre su autenticidad.
Aunque
los resultados alcanzados con el estudio sobre el ADNmt del Hombre del Hielo
fueron de alcance modesto (se demostró que su ADNmt pertenecía aun tipo
característico de las poblaciones centroeuropeas), sí se obtuvieron lecciones
muy valiosas sobre las técnicas y controles necesarios para soslayar el
problema de la contaminación con ADN humano moderno.
Contando
con estos nuevos procedimientos, un equipo internacional (formado por Matthias
Krings, Anne Stone, Ralph Schmitz, Heike Krainitzki, Mark Stoneking y Svante
Pääbo) decidió abordar la búsqueda de ADNmt en fósiles neandertales. Para
ello tomaron muestras en el ejemplar tipo de esta especie: el esqueleto de
Neandertal. Su estudio se planeó con mucho cuidado y estuvo precedido de todas
las precauciones, tanto para evitar en lo posible la contaminación como para no
destruir inútilmente un fragmento de tan valioso fósil. La muestra (de 3,5 g)
se tomó de un lugar en teoría inaccesible a la contaminación: la parte
interna de uno de los huesos, concretamente del húmero derecho del fósil.
El
siguiente paso en el estudio consistió en analizar la estructura de los
fragmentos de ADNmt presuntamente neandertales.
La
molécula de ADN está formada por la unión de miles de unidades menores
conocidas como nucleótidos, de las que en el ADN hay sólo cuatro tipos
distintos. La estructura de un fragmento de ADN no es otra cosa que la secuencia
de nucleótidos que lo constituyen; de modo que el trabajo en este punto
consistió en determinar dicha secuencia en los distintos fragmentos de ADNmt
encontrados en la muestra tomada en el fósil.
Muchos
de dichos fragmentos presentaban secuencias iguales en una parte de su longitud,
es decir que se solapaban, lo que permitía restablecer la secuencia del
segmento original del que procedían. Así, tras tres meses de intenso trabajo,
fue posible reconstruir la secuencia de un segmento de 379 nucleótidos a partir
de I 23 fragmentos diferentes. Esta secuencia correspondía a la región I del
segmento de control del ADNmt.
Pues
bien, los autores de la investigación compararon la secuencia del ADNmt
procedente del fósil con 16 tipos de ADNmt de chimpancé y 986 tipos
pertenecientes a distintas poblaciones humanas modernas, obteniendo unos
resultados de extraordinario valor. En primer lugar, determinaron que los
chimpancés y los humanos difieren, en promedio, en 55 posiciones de la
secuencia de bases, mientras que el ADNmt objeto del estudio muestra una
diferencia promedio de 27 posiciones con los humanos modernos.
Además,
establecieron que en la muestra de humanos modernos la diferencia promedio es
sólo de 8 posiciones. Es decir, que el ADNmt del fósil es lo suficientemente
parecido a nosotros como para admitir que procede de un ser humano pero tan
distinto como para rechazar que pertenezca aun ser humano actual, lo que
descarta la posibilidad de la contaminación y confirma su procedencia: un
auténtico fragmento de ADNmt de un neandertal.
El
hecho de que la diferencia promedio entre el ADNmt neandertal y el de los
humanos modernos sea más de tres veces mayor que la diferencia promedio
existente en estos últimos (27 posiciones frente a 8), ha llevado a los autores
de la investigación ala conclusión de que la separación entre ambos linajes
se produjo en un momento muy alejado en el tiempo.
Para determinar la antigüedad de dicho suceso, los autores del estudio
emplearon una tasa de mutación determinada a partir del promedio de cambios
existente entre los humanos modernos y los chimpancés ( 55 ), y el tiempo que
se supone que ha pasado desde la separación de las dos líneas. Sus cálculos
resultaron en una antigüedad de entre 55ø.000 y 690.000 años para la
divergencia neandertales / humanos modernos y de entre 120.000 al 50.000 años
para el origen de la diversidad humana actual.
Los
resultados sobre la antigüedad de la humanidad reciente concuerdan con aquellos
procedentes de los estudios sobre el ADNmt, el cromosoma y y otros cromosomas
nucleares. Como aspecto colateral del análisis, también los ADNmt de humanos
actuales de origen Africano aparecen como ancestrales de los del resto de las
poblaciones humanas modernas.
Aparte
del refuerzo que este estudio supone para el origen único y Africano de la
humanidad actual, hay otro aspecto de especial relevancia que merece ser
destacado. La divergencia de los neandertales y de los humanos modernos es
llevada mucho más atrás de lo que la mayoría de los autores dedicados al
estudio de los fósiles proponían hasta ese momento. Sin embargo, tal
antigüedad sí es compatible con los resultados de nuestras investigaciones
sobre los fósiles humanos de Atapuerca, tanto de la Sima de los Huesos como del
nivel 6 de Gran Dolina. Como ya hemos comentado con anterioridad, los fósiles
de Gran Dolina, de una edad próxima a los 800.000 años, representan a la
especie antecesora de los linajes de los neandertales y humanos modernos: Horno
antecessor.
Quizás
el descubrimiento del ADNmt fósil de los neandertales d‚ lugar a una nueva
novela dedicada a la clonación de individuos neandertales. Sin embargo, una de
las consecuencias que se pueden extraer de nuestro mejor conocimiento sobre el
ADN fósil es que no hay posibilidades de encontrar la suficiente cantidad de
ADN nuclear que nos permita soñar con la versión pleistocena del libro de
Crichton.
Fósiles
y moléculas
Con
frecuencia, se ha presentado a la opinión pública la idea de que los estudios
genéticos han permitido, por sí mismos, descubrir el cómo, cuándo y dónde
de nuestro origen. Sin embargo, tal como planteábamos al comienzo de este
capítulo, las principales hipótesis referidas al cuándo y al dónde han sido
propuestas a partir del estudio de los fósiles y fueron planteadas con
anterioridad al comienzo de los estudios genéticos.
En
este contexto, los estudios genéticos han reforzado la hipótesis que sostiene
el origen Africano de la humanidad moderna (hipótesis "Out of
África" ). Además, los análisis genéticos también han corroborado la
opinión de muchos paleontólogos de que los neandertales no estuvieron, directa
o indirectamente, en nuestra ascendencia evolutiva, sino que ambas humanidades
compartimos un antepasado común ciertamente lejano en el tiempo.
Un
aspecto notable en el que los estudios genéticos sí han arrojado luz por sí
mismos se refiere al cómo de nuestro origen. La escasa diversidad genética que
se aprecia en las poblaciones humanas extra Africanas nos informa de la
existencia de un fenómeno evolutivo conocido como "cuello de botella"
en el momento de la salida de África de nuestra especie. Los "cuellos de
botella" se producen cuando una población biológica está originada a
partir de un número relativamente reducido de individuos que sólo portan una
fracción de la diversidad genética de la población matriz. Como consecuencia
de ello, la población derivada sólo recibe una parte de dicha diversidad.
Un
buen ejemplo de este fenómeno lo podemos encontrar en la población bóer de
Sudáfrica, originada en su mayor parte por un puñado de pioneros holandeses
llegados durante el siglo XVII. Hay constancia histórica de que uno de aquellos
colonos, llegado en 1688, padecía de una rara enfermedad gen ética conocida
como porfiria; pues bien, hoy día la frecuencia de dicha enfermedad en la
población sudafricana de origen bóer es varios cientos de veces superior ala
de cualquier otra población humana.
Del
mismo modo, la gran homogeneidad gen ‚tica de las poblaciones no Africanas
delata que los grupos humanos modernos que colonizaron Asia y Europa estuvieron
formados por una pequeña fracción de la población Africana original.
El
número de pioneros también puede establecerse con cierta fiabilidad. Un equipo
de genéticos, entre los que se encuentra el investigador de origen español
Francisco Ayala, ha analizado la variabilidad existente en la humanidad moderna
en los genes responsables del complejo principal de histocompatibilidad o
sistema HLA, que participa en la defensa ante las invasiones microbianas gracias
a su capacidad para reconocer proteínas extrañas al organismo.
Estos
genes se sitúan en el cromosoma G y presentan una extraordinaria variabilidad,
que permite que el sistema HLA reconozca como extrañas a un gran número de
moléculas. La variación existente en la humanidad actual nos informa que el
"cuello de botella" por el que pasaron nuestros antepasados no fue
demasiado severo, porque de lo contrario la variabilidad en el sistema HLA
sería mucho menor. Según estos investigadores, el número de colonizadores que
salieron de África hubo de ser mayor de 500 individuos y muy probablemente en
torno a 10.000 personas.
Si
bien los estudios genéticos han servido para contrastar las hipótesis
paleontológicas referidas al dónde del origen de los humanos modernos y han
resultado de especial valía como fuente de información nueva sobre el cómo de
dicho origen, no han sido tan elocuentes en la cuestión del cuándo de nuestra
aparición.
Respecto
de las medidas del tiempo que se efectúan en los estudios genéticos, los
llamados "relojes moleculares", sus resultados son siempre
problemáticos porque se basan en una serie de asunciones muy discutibles, que
ya comentamos en el capítulo dedicado al origen de los homínidos (la
presunción de que la tasa de mutación es constante o de que las regiones del
ADN estudiadas son neutras respecto de la acción selección natural).
Quizá
las críticas más consistentes al establecimiento de los "relojes
moleculares" sean las que ponen en duda las tasas de mutación empleadas
para realizar los cálculos del momento en que se originó la humanidad moderna.
En el propio artículo de Cann, Stoneking y Wilson se reconoce que no es posible
establecer de manera fiable el tiempo transcurrido a partir, exclusivamente, de
la variabilidad del propio ADNmt. Estos autores, como todos los demás, ajustan
sus "relojes moleculares" empleando el propio registro fósil, por lo
que no pueden invocarse sus resultados para contrastar las hipótesis elaboradas
a partir de los fósiles. En este aspecto, paleontología y genética no son
fuentes independientes. A finales del siglo xx, nuestra visión sobre el origen
de la humanidad moderna es mucho más completa de lo que cabía suponer hace
apenas veinte años. Nuestra certidumbre sobre el lugar y el momento en que se
produjo la génesis de nuestra especie ha aumentado considerablemente y hemos
progresado mucho en cuanto al esclarecimiento del modo en que tuvo lugar el
proceso.
Contra
lo que pensaban algunos, las moléculas no han venido a sustituir a los fósiles
en los estudios sobre la evolución de la humanidad. Los distintos enfoques de
la paleontología y la genética nos han permitido contemplar los problemas
desde diferentes perspectivas, enriqueciendo nuestro conocimiento de la historia
evolutiva de la especie Homo sapiens.
Patrones
de belleza
Hasta
aquí hemos hablado del pasado de nuestra especie, pero cual es su futuro?
Muchas personas opinan que al depender, gracias a las máquinas, cada vez menos
de la fuerza física para ganamos el sustento y cada vez más de nuestra
inteligencia, los órganos correspondientes se verán afectados en el futuro.
Así, con frecuencia se representa al humano del mañana con una cabeza muy
grande y un cuerpo atrofiado; o mejor sería decir con un cerebro
superdesarrollado, porque la cara y los dientes también se pintan reducidos. En
resumidas cuentas, un ser muy poco atractivo de acuerdo con los cánones de
belleza griegos. No se suele precisar cuándo llegaremos a convertimos en
criaturas tan poco atléticas, aunque, eso sí, muy inteligentes, pero parece
que al ritmo que vamos los patrones de belleza tendrán que cambiar con mucha
rapidez.
Pero
¿es posible que la selección natural actúe todavía sobre nosotros y pueda
determinar el curso futuro de la evolución humana? Que nuestra especie está
sometida a selección natural, como todas las demás, es algo fuera de toda
duda. Los individuos con graves taras genéticas no llegan a adultos y no se
reproducen, y muchos mueren en el útero sin llegar a nacer. Pero tal selección
normalizadora, que elimina individuos extremos, no modifica la especie. Para que
ésta evolucione en una dirección concreta hace falta mucho tiempo y que los
individuos con determinadas características se reproduzcan más que los demás,
cosa que en apariencia no se está produciendo, al menos a gran escala. Además,
la tecnología nos permite adaptarnos rápidamente a vivir en toda clase de
ambientes, incluyendo la Luna, sin cambiar nuestra morfología. La adaptación
por medio de la selección natural es mucho más lenta (y más limitada). Sin ir
más lejos, gracias a la escritura primero y la informática ahora, nuestro
cerebro ya no tiene que crecer para acumular más información y procesarla. Por
otro lado, nuestra especie es ya muy numerosa, con lo que presenta una gran
inercia genética o resistencia a los cambios, que se diluyen como gotas de agua
en el océano. Se producir , eso sí, un fenómeno interesante que contradice la
trayectoria de la humanidad en los últimos miles de años; las poblaciones
humanas, que se han ido aislando unas de otras y diferenciando en razas, está n
empezando a mezclarse entre sí e intercambiar genes, con lo que es seguro que
tendrán lugar nuevas combinaciones genéticas, sin que eso quiera decir que la
especie vaya a cambiar sustancialmente en el futuro más próximo.
Queda
por último por mencionar un factor inquietante. Desde que descubrimos la
selección artificial hace 10.000 años con la agricultura y la ganadería,
siempre hemos podido modificamos a nosotros mismos igual que hemos hecho con las
razas de animales. No parece que esto haya ocurrido a una escala importante.
Ahora,
sin embargo, con nuestro conocimiento de la genética empezamos a tener la
posibilidad real de modificar nuestros propios genes de forma mucho más rápida
y radical que con la selección artificial (y mucho más aún de como \0 hace la
selección natural).
La
manipulación genética, que puede liberamos de taras y enfermedades, puede
también dirigirse hacia otros objetivos. Pero, en todo caso, éste es un
instrumento, como todos los que la ciencia pone a nuestra disposición, que es
nuestra responsabilidad controlar.
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