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¿Qué
significa el genoma humano para los socialistas?
Alan
Woods
Extracto
de del artículo publicado por el teórico marxista británico Alan Woods,
redactor del periódico marxista "Socialist Appeal"
Ciencia
y marxismo ¿Qué significa el genoma humano para los socialistas? por Alan
Woods
¿Qué
significa el genoma humano para los socialistas?
Aproximadamente
una vez en cada siglo se hacen grandes avances científicos que despiertan la
imaginación de todos. Con la publicación de los resultados del proyecto genoma
humano, estamos en el umbral de uno de estos avances. A partir de ahora la
ciencia se dispone a comprender las fuerzas motrices de la evolución,
terminará con los mitos raciales, cambiará la forma de diagnosticar
enfermedades e intentará prolongar la vida de las personas. Esta nueva forma de
abordar la cuestión, estudiar sistemas de genes y no genes individuales,
transformará la visión que hasta ahora tenían los biólogos del cuerpo
humano. Es el equivalente a la tabla periódica de Mendeleyev en química o la
hazaña de Watson y Crick hace 48 años, cuando por primera vez describieron la
doble hélice de ADN. Como dice James Pierce, profesor de genética de la
Universidad de Ciencias de Filadelfia, "antes teníamos que mirar a través
del ojo de la cerradura, ahora la puerta está abierta".
Las
posibilidades son inmensas. En la secuenciación han participado aproximadamente
dos mil científicos de todo el mundo. La investigación ha estado a cargo de
dos grupos diferentes: uno financiado por el gobierno estadounidense y el
segundo, con base en Gran Bretaña, a cargo de Sanger Centre. Ambos grupos han
llegado a la misma e inesperada conclusión: el número de genes que conforman
el genoma humano es una cuarta parte inferior al resultado esperado. Uno de los
equipos, dirigido por Craig Venter de la empresa Celera Genomics, encontró la
existencia de 26.383 genes codificadores de proteínas y otros 12.731 genes
hipotéticos. El otro equipo dijo que existen aproximadamente 35.000 genes,
aunque posiblemente la cifra podía acercarse a 40.000. El equipo de Celera
publicó sus resultados en la revista Science, el consorcio internacional lo
público en la revista Nature. Según Venter "es bueno que las dos partes
hayan llegado a un acuerdo preliminar (...) Es evidente que el número de genes
es bastante inferior a lo que imaginábamos". Los investigadores han dicho
también que cada gen humano puede codificar dos proteínas o más, lo que
altera el concepto muy extendido de que un gen sólo codifica una proteína.
Estos
descubrimientos tienen una gran importancia para la investigación médica y
farmacéutica. Nos sugieren que los genes juegan un papel menor en el origen de
las enfermedades y otros muchos rasgos de lo que creían los investigadores.
Pero no sólo nos permitirá conocer los genes y su funcionamiento, sino
también cómo interactúan. A corto plazo las implicaciones prácticas son
inmensas. A partir de ahora la ciencia médica podrá avanzar en la
identificación de los genes responsables de enfermedades no hereditarias y los
científicos, con el tiempo, aprenderán a predecir la probabilidad de que una
persona pueda desarrollar un desorden genético. La medicina podrá crear
medicinas a la medida para cada paciente y en las próximas décadas aumentarán
gradualmente los tratamientos de las enfermedades genéticas. Dentro de cinco o
siete años podremos ver sus frutos en áreas como la diabetes, enfermedades
cardiacas y desórdenes mentales. Por ahora los avances más importantes se
realizado en el estudio de la esquizofrenia.
Los
descubrimientos conseguidos por el Proyecto Genoma Humano (PGH) han confirmado
lo que explicamos los marxistas hace seis años en Razón y Revolución. Durante
décadas muchos genetistas han defendido que todo, desde la inteligencia a la
homosexualidad o la criminalidad, estaba determinado por nuestros genes. A
partir de esta idea, han extraído las conclusiones más reaccionarias, por
ejemplo que los negros y las mujeres están condicionados genéticamente a ser
menos inteligentes que los blancos o los hombres; que la violación o el
asesinato de alguna manera son algo natural porque está determinado
genéticamente; por lo tanto, no merece la pena gastar dinero en escuelas y
viviendas para los pobres porque su pobreza está arraigada en la genética y no
se puede solucionar. Y lo más importante: la existencia de la desigualdad es
algo natural e inevitable y cualquier intento de abolir la sociedad clasista
resulta inútil porque es algo natural y está arraigado en nuestros genes.
Estas ideas eran un buen ejemplo de cómo la ciencia no puede estar separada de
la política y los intereses de clase, y cómo los científicos más eminentes
pueden consciente o insconcientemente estar al servicio de la reacción. Pero
dejando un lado, por un momento, las implicaciones políticas y sociales, en
términos puramente científicos estamos ante un momento decisivo de la
historia.
El
rompecabezas de los genes desaparecidos
A
pesar de la grandeza del descubrimiento, los biólogos que anunciaron su primer
análisis de la secuencia decodificada quedaron perplejos ante su
descubrimiento. El principal rompecabezas era el pequeño e inesperado número
de genes humanos. Según Venter, primero investigaron las familias de genes en
las que probablemente había nuevos miembros de interés para las empresas
farmacéuticas y "casi sintieron pánico porque los genes no estaban
allí". El problema es que durante mucho tiempo en los libros de texto se
calculaba que el número de genes humanos sería mucho mayor. La secuencia del
código biológico presente en los humanos era tan larga, aproximadamente tres
mil millones de unidades, que los científicos esperaban que contuviese las
instrucciones necesarias para crear cincuenta mil o ciento cincuenta mil genes.
Esta
suposición se basaba en la comparación con organismos más simples, por
ejemplo la mosca de la fruta. Decían que si la humilde mosca de la fruta tenía
trece mil genes, un ser humano -un entidad más grande y compleja- debía tener
muchos más. Después de descifrar los primeros dos genomas de animales
calculaban que setecientos cincuenta mil genes era un número razonable para el
ser humano. En diciembre de 1998 se secuenció el genoma de la lombriz
intestinal: tenía 19.098 genes. En el mes de marzo del año pasado se
decodificó el genoma de la mosca de la fruta y tenía 13.601 genes. El doctor
Randy Scott, director científico de Incyte Genomics, pronosticó en septiembre
de 1999 la existencia de 142.634 genes humanos pero una vez completado el genoma
humano, resulta que nuestro patrimonio genético está más cerca de estos dos
minúsculos invertebrados de lo que nadie esperaba. En su lugar, han descubierto
que las grandes secuencias del código crean muy pocos genes. Venter señala que
"tenemos aproximadamente el doble de genes que una mosca y el mismo número
que el maíz, piensen en esto la próxima vez que coman maíz". La semana
pasada el doctor Scott dijo que aceptaba la existencia de aproximadamente
cuarenta mil genes.
El
rival de Celera, el consorcio de centros académicos financiados con dinero
público, ha llegado a una conclusión similar. En el artículo que han
publicado en la revista Nature, se señala que el número probable de genes
humanos está en torno a treinta mil o cuarenta mil. Debido a que los métodos
actuales de búsqueda de genes tienden a sobrevalorar su número, cada uno
prefiere la cifra más baja y la sitúan en treinta mil genes. Los dos equipos
encontraron también otras contradicciones. La mayoría de las secuencias
repetidas de ADN en el 75% del genoma es esencialmente "basura" que
dejó de acumularse hace millones de años y sólo unas pocas secuencias
permanecen aún activas. Los propios cromosomas tienen una rica arqueología. En
general parece que los bloques de genes se han copiado extensamente de un
cromosoma humano a otro, hecho que animará a los arqueólogos genéticos a
intentar resolver cómo se produce la copia y, de esta forma, reconstruir la
historia del genoma animal.
El
pequeño número de genes humanos crea un dilema para los científicos: con un
número tan modesto de genes humanos parece evidente que los biólogos de ambos
equipos tienen que pensar cómo explicar la enorme complejidad de las personas,
puesto que al parecer sólo tienen un cincuenta por ciento más de genes que una
lombriz intestinal. Si el ser humano sólo tiene trece mil genes más que el
caenorhabditis elegans (lombriz intestinal) o seis mil más que el arabidpsis
thaliana (un alga), ¿en comparación qué hace a las personas tan avanzadas? La
lombriz intestinal es una pequeña criatura tubular formada por 959 células, de
las cuales 302 son neuronas cerebrales. Los humanos tienen cien billones de
células en su cuerpo, incluidas cien mil millones de células cerebrales. A
pesar de la tendencia actual de negar la existencia del progreso en la
evolución, sería bastante razonable suponer que hay algo más en el Homo
Sapiens que en una lombriz intestinal como el caenorhabditis elegans.
En
la revista Christian Science Monitor se planteaba la cuestión de la siguiente
forma: "Si un hombre es tan avanzado, ¿ por qué la suma de sus genes no
es diferente a la de un alga o un gusano?". Y si, como sospechamos, el
genoma del chimpancé al final es muy similar al genoma humano, entonces los
científicos tendrán que explicar por qué una especie ha conseguido dominar el
mundo en los últimos cincuenta a ciento cincuenta mil años mientras que los
otros todavía están colgados de los árboles. Sin embargo esta pregunta no se
puede responder simplemente en función de la genética. La gran ventaja de los
recientes descubrimientos es que se alejan de la idea de que todo se puede
explicar sencillamente en función de los genes individuales. Ahora el genoma
humano se puede abordar como una totalidad compleja. Hay que comprender los
genes no como una colección de entidades, sino como un proceso de interacciones
muy complejas. La investigación de estas interacciones, su historia y el
resultado de la "arqueología" genética nos permitirá comprendernos
verdaderamente a nosotros mismos y nuestro lugar en la naturaleza de las cosas.
El
determinismo biológico al descubierto
Los
marxistas nunca hemos ignorado el papel de la genética en la determinación del
comportamiento humano pero sin llegar a decir que los genes son los que juegan
el papel más importante. Hasta cierto punto, ponen la materia prima a partir de
la cual se desarrollan los individuos. Pero es sólo la cara de una cuestión
muy compleja. El problema surge cuando determinadas personas intentan presentar
los genes como el único agente condicionador del desarrollo humano y su
comportamiento. En realidad, los genes ("nature") y los factores
medioambientales ("nurture"), interactúan mutuamente y, en este
proceso, el papel del medio ambiente, que ha sido negado o infravalorado
sistemáticamente por los deterministas biológicos, es absolutamente decisivo.
Las
últimas revelaciones del genoma humano han resuelto decididamente la vieja
controversia entre "nature" y "nurture". El relativamente
pequeño número de genes descarta cualquier posibilidad de que los genes
individuales controlen y conformen patrones de comportamiento como el de la
criminalidad o las preferencias sexuales y acaba totalmente con las ideas de
personas como Dean Hammer, quien mantenía que un gen aislado en el cromosoma X
humano era supuestamente el que disponía a una persona a ser homosexual. Se han
escuchado ideas similares en relación a todos los recursos humanos incluso el
gusto artístico o las tendencias políticas. El comportamiento humano es muy
complejo y no se puede reducir a la genética. Los últimos descubrimientos
contradicen todas las tonterías que se han planteado durante estos años.
Los
deterministas biológicos insistían en que de alguna forma los genes son
responsables de la homosexualidad o la criminalidad. Intentaban reducir todos
los problemas sociales a la genética. En febrero de 1995 se celebró en Londres
una conferencia sobre Genética del criminal y Comportamiento antisocial. Diez
de los trece oradores procedentes de Estados Unidos, donde en 1992 se había
celebrado una conferencia similar, hicieron discursos claramente racistas. El
presidente, Sir Michael Rutter del Instituto de Psiquiatría de Londres, llegó
a afirmar: "no existe lo que se llama gen del crimen". Otros
participantes como el doctor Gregory Carey, del Instituto de Comportamiento
Genético de la Universidad de Colorado, defendían que eran los factores
genéticos en su conjunto los responsables de entre un cuarenta y un cincuenta
por ciento de la violencia criminal, aunque éste también explicó que sería
poco práctico "tratar" la criminalidad con la ingeniería genética.
Otros sostenían que existían buenas perspectivas para el desarrollo de
medicinas para el control de la agresividad, una vez que se encontraran los
genes responsables. También sugirió que habría que considerar el aborto
cuando las pruebas prenatales indicaran que un niño era portador de genes que
le predisponían a la agresión o a un comportamiento antisocial, opinión
compartida por el doctor David Goldman del Laboratorio de Neurogenética del
Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos: "Las familias tendrían que
tener la información y permitirles decidir en privado como utilizarla".(The
Independent, 14/2/95).
Hay
muchos otros ejemplos. La famosa Curva de Bell de Charles Murray, que resucitó
la vieja idea de que la genética explicaba el abismo entre el coeficiente
intelectual medio de blancos y negros en Estados Unidos. C. R. Jeffery escribía
lo siguiente: "La ciencia nos debe decir qué individuos se convertirán o
no en criminales, qué individuos serán o no víctimas y qué estrategias
deberemos aplicar en este tema". Yudofsky suscribe el entusiasmo de Jeffery
con la siguiente afirmación: "ahora estamos a las puertas de una
revolución en la medicina genética. En el futuro la genética comprenderá los
desórdenes agresivos e identificará aquellas tendencias que se convierten en
violentas".
Cuando
nosotros criticamos estas teorías en Razón y Revolución, no teníamos forma
de saber que en pocos años quedaría en evidencia el carácter poco científico
de estas teorías. Ahora la revelación de que el número de genes en los
humanos no supera los cuarenta mil y que posiblemente sean treinta mil o menos,
ha terminado con el determinismo biológico y genético. El doctor Craig Venter,
genetista de la empresa Celera (uno de los principales grupos responsables del
proyecto de secuenciación), plantea la cuestión de forma sencilla:
"Simplemente no tenemos genes suficientes para esta idea del determinismo
biológico. La maravillosa diversidad de la especie humana no está relacionada
con nuestro código genético. Nuestro medio ambiente es crítico." (The
Observer. 11/2/01)
El
artículo continúa:
"Sólo
cuando los científicos puedan comprobar la forma en que estos genes se activan
y desactivan y cómo fabrican proteínas, podrán ver una diferencia
significativa entre las distintas especies de mamíferos. La diferencia clave
está en la forma en que los genes humanos se regulan en respuesta a un
estímulo medioambiental con otros animales".
El
entorno (el estímulo externo tanto del mundo físico como de las condiciones en
las que vivimos) es lo que condiciona de forma decisiva la evolución. El papel
de los genes es importante pero la relación entre los genes y el entorno no es
simple ni mecánico como sostenían los teóricos del determinismo biológico,
sino complejo y dialéctico, como defendía el marxismo. Tomemos el ejemplo de
la interacción dialéctica entre los genes y el medio ambiente: el tono
perfecto. Kevin Davies en su nuevo libro, The Sequence, describe la búsqueda
del genoma humano:
"Se
ha realizado recientemente un estudio sobre el tono perfecto: la capacidad de
conocer el tono absoluto de una nota musical; en él se asegura que esta
capacidad se adquiere a través de la herencia de un solo gen. Esto podría
parecer un caso claro de determinismo biológico. Sin embargo hay un corolario
crucial: para que esta capacidad se materialice necesitas estar expuesto desde
el principio a la educación musical. Es decir: incluso en habilidades heredadas
aparentemente simples, el nurture juega un papel un importante"
Hay
una interacción compleja entre la composición genética del organismo y las
condiciones físicas que le rodean. En el idioma hegeliano, los genes
representan el potencial pero este potencial sólo se puede activar con el
estímulo externo. Los genes son "activados" por el entorno
produciendo pequeños cambios. Algunos de ellos son útiles desde el punto de
vista evolutivo aunque, en realidad, la mayoría de las mutaciones son
perjudiciales o no producen ningún beneficio. Durante todo un período las
mutaciones beneficiosas dan lugar a cambios cualitativos en el organismo
produciendo el proceso que llamamos la selección natural.
El
editorial de The Observer llega a la siguiente conclusión:
"Políticamente,
ofrece consuelo a la izquierda y su creencia en el potencial de todos pero
condena a la derecha con su gusto por las clases dominantes y el pecado
original".
"Para
la ciencia la raza carece de significado"
Los
resultados de estas investigaciones son muy significativos desde otro punto de
vista. El genoma revela la existencia de la unidad en la diversidad humana.
Destruye por completo el mito de la superioridad racial. La esencia biológica
de las poblaciones humanas es la misma. La ausencia de un gen de la raza se ha
confirmado de dos formas distintas. Celera utilizó ADN de hombres y mujeres que
se describían como chino asiático, afroamericano, caucásico e hispano
mexicano. Los científicos no distinguieron étnicamente uno de otro. Ningún
gen, por sí mismo o junto con otros, podía decir de qué raza procedían.
La
nueva investigación sugiere que todos los individuos son un 99,99% idénticos.
Estos descubrimientos acaban con toda esas nociones que establecen las
diferencias basándose en el color de piel. Un investigador alemán, Svante
Paabo, públicó un ensayo en la revista Science en el que decía lo siguiente:
"A
menudo dos personas que descienden de la misma zona del mundo y que parecen
superficialmente iguales, están menos relacionados entre sí que con personas
de otras partes del mundo que parecen muy diferentes".
El
doctor Eric Lander del Instituto Withehead para la Investigación del Genoma
-del consorcio internacional- destacó el hecho de que dos personas aunque
fuesen un 99,99% genéticamente idénticos, dejaba aún la puerta abierta para
considerables variaciones genéticas. Un 0,1% de los genes humanos son los que
explican las diferencias hereditarias. Básicamente todos los seres humanos son
iguales. La investigación del genoma humano ha demostrado más allá de
cualquier duda que mientras por fuera podremos ser diferentes, genéticamente
somos casi idénticos. Sólo aproximadamente tres millones de los tres mil
millones de productos químicos presentes en el genoma difieren de una persona a
otra y esto convierte las distinciones de raza en un sinsentido desde un punto
de vista científico. Las diferencias culturales y étnicas entre los diferentes
grupos de seres humanos sin duda existen pero estas diferencias son
insignificantes a nivel genético. El odio racial, por lo tanto, no está
justificado ni racionalizado por diferencias genéticas.
En
editorial del 13 de febrero en The Seattle Times podemos leer:
"Los
resultados del proyecto genoma humano acaban con los intolerantes que durante
mucho tiempo se han esforzado por camuflar su viejo odio con un disfraz
científico de superioridad genética. La secuenciación del ADN humano nos
lleva a una conclusión: En la ciencia, la raza carece de significado."
Por
supuesto el racismo, que está enraizado en las contradicciones del capitalismo
en su época de declive, no acabará aquí pero al menos, a los defensores del
racismo, se les ha caído la hoja de parra pseudocientífica y, en el futuro,
cualquier intento de los racistas de apelar a la ciencia para justificar sus
ideas será mirado con el desprecio que se merece.
Como
dice el doctor Paabo: "Estos estudios tendrán el efecto contrario
porque el prejuicio, la opresión y el racismo proceden de la ignorancia".
También dice que el conocimiento del genoma fomentará la compasión: "Por
consiguiente, la estigmatización de un grupo particular de individuos basada en
la diferencia étnica o por la presencia de determinados genes será
absurda".
El
final del creacionismo
La
revelación de la larga y compleja historia del genoma, durante tanto tiempo
oculta, ha favorecido las discusiones sobre la naturaleza del hombre y el
proceso de la creación. Resulta increíble que en el inicio del siglo XXI las
ideas de Darwin todavía se tengan que enfrentar al movimiento creacionista en
Estados Unidos, que pretende que en las escuelas se enseñe que Dios creó el
mundo en seis días; que creó el primer hombre a partir del polvo y a la
primera mujer de la costilla de Adán; y encima parece que todavía le sobró un
día al Todopoderoso.
El
movimiento creacionista no es un chiste: afecta a millones de personas e
increíblemente está encabezado por científicos, entre ellos algunos
genetistas. Es una expresión gráfica de las consecuencias intelectuales de la
decadencia del capitalismo y un ejemplo de la contradicción dialéctica y el
retraso de la conciencia humana. En el país tecnológicamente más avanzado del
mundo, las mentes de millones de hombres y mujeres se hunden en el barbarismo.
Su nivel de conciencia no es mucho mayor que cuando se ofrecían los prisioneros
de guerra en sacrificio a los dioses, se postraban ante la tumba de ídolos o se
quemaba a las brujas en la hoguera. Si este movimiento triunfase, como
recientemente dijo un científico, regresaríamos a la edad de las tinieblas.
Los
últimos descubrimientos por fin han demostrado lo absurdo que es el
creacionismo y han acabado con la idea de que las especies se crearon por
separado y que el hombre -con un alma eterna- fue creado especialmente para
cantar las alabanzas del Señor. Ahora es evidente que los humanos no son las
únicas creaciones. Los resultados del genoma humano demuestran de forma
concluyente que compartimos los genes con otras especies. -Esos genes antiguos
nos ayudaron a ser lo que somos- Una pequeña parte de ésta herencia genética
común hay que remontarla a organismos primitivos como la bacteria. En palabras
de Eric Lander, del Instituto Whitehead de Investigación del Genoma (Cambridge):
"La evolución no ha tenido tiempo para fabricar nuevos genes, así que
debemos fabricar nuevos genes a partir de los viejos". Los dos equipos se
quedaron asombrados del grado de conservación genética de los últimos
seiscientos millones de años de evolución sobre la tierra: "En muchos
casos nos hemos encontrado con que los humanos tienen exactamente los mismo
genes que las ratas, los ratones, los gatos, los perros e incluso las moscas de
la fruta" y continúa Venter: "Tomemos por ejemplo el gen PAX-6. Hemos
descubierto que si está dañado no se formarán los ojos. Podemos tomar un gen
humano e insertarlo en la mosca de la fruta y conseguiremos restaurar la visión
de su descendencia".
Los
científicos han encontrado que los humanos compartimos aproximadamente con la
bacteria doscientos genes. Este descubrimiento sorprendió a James Watson,
descubridor del ADN y, posiblemente, el genetista más renombrado del mundo:
"Sabíamos que los genes saltaban entre las bacterias pero no que saltaran
entre la bacteria y el hombre". Estamos ante la prueba final de la
evolución. Estos "fósiles" genéticos han ayudado durante miles de
millones de años de evolución a convertirnos en lo que somos. Como señala
Paabo en su artículo: "Sin lugar a dudas, la visión genética de nuestro
lugar en naturaleza será tanto una fuente de humildad como un golpe a la idea
de la unicidad humana (...) Comprender que uno o varios accidentes genéticos
han hecho posible la historia humana nos proporcionará nuevos retos
filosóficos en los que pensar". Para los marxistas el genoma humano
también tiene enormes implicaciones filosóficas.
La
ciencia y la dialéctica
Cuando
se presentó en Londres el código genético Sir John Sulston, ex-director de
Sanger Center, describió el mapa genético humano como "un extraordinario
acontecimiento en la era de la biología molecular":
"Resulta
extraordinario que un organismo vivo tan inteligente haya creado máquinas
inteligentes capaces de pensar cómo hacer algo, capaces de leer en voz alta el
código, las instrucciones y actuar por sí mismas. Es ese tipo de
acontecimientos los que hacen desaparecer a los filósofos y que éstos lleguen
a pensar lo duro que es su trabajo. En realidad es una paradoja superficial...
pero es una realidad. Ahora empezamos a comprender como trabajar".
La
marcha espectacular de la ciencia en nuestra época hace palidecer todas las
especulaciones filosóficas, que ahora parecen menos interesantes. Las hazañas
de la humanidad han dejado muy por detrás la conciencia, que permanece atascada
en un pasado bárbaro. Los nuevos descubrimientos dotan a la raza humana de
inspiración, expiración y confianza en sí misma. Nos proporcionan una visión
de nosotros mismos, de lo que somos realmente y hacia dónde vamos.
Sin
embargo, a pesar de los comentarios despectivos de Sir John Sulston acerca de la
filosofía, todavía hay unas cuantas áreas donde sería sin duda beneficioso
para los científicos conocer la verdadera filosofía. ¡Hay filosofías y
filosofías! La filosofía que se enseña en las universidades no es útil ni
para los científicos, ni para nadie pero hay una excepción honrosa que espera
aún el reconocimiento que merece: el materialismo dialéctico. Aunque muchos de
los principios básicos del materialismo dialéctico han resurgido en los
últimos años incorporados a la teoría del caos, la complejidad y, más
recientemente, la ubicuidad, nunca se le ha reconocido esta deuda. La
dialéctica en ciencia, por parafrasear a Oscar Wilde, es la filosofía que
desafía a no decir su nombre. El conocimiento del método dialéctico ha
servido para evitar varios de los peligros en los que se pierde la ciencia y que
de vez en cuando conducen a suposiciones incorrectas. El genoma humano es uno de
esos casos.
Por
supuesto, la ciencia no debe estar dictada por cualquier filosofía. Los
resultados de la ciencia deben venir determinados por sus propios métodos de
investigación, observación y experimentación pero sería un error pensar que
los científicos hacen su tarea sin tener ninguna idea filosófica: detrás de
cada hipótesis hay muchas suposiciones y no todas ellas derivan de la propia
ciencia. El papel de la lógica formal, por ejemplo, se da por sentado. Juega un
papel importante pero tiene limitaciones muy concretas. Trotsky explicó que la
relación entre la lógica formal y la dialéctica es similar a la que existe
entre la matemática elemental y el cálculo. La gran ventaja de la dialéctica
frente a la lógica formal es que la primera aborda las cosas en movimiento y
progreso y demuestra además que todo progreso se produce mediante
contradicciones. Marx pronosticó que la línea de evolución no sigue una
línea recta, sino una línea en la que largos períodos de lento ("stasis"
en la terminología moderna) se ven interrumpidos por saltos bruscos y
repentinos que rompen la continuidad e impulsan el proceso en una nueva
dirección.
Pongamos
un ejemplo: el método dialéctico explica que los pequeños cambios pueden, en
un momento crítico, producir grandes transformaciones. Es la famosa ley de la
transformación de cantidad en calidad, que fue elaborada en primer lugar por
los antiguos filósofos griegos, desarrollada completamente por Hegel y a la que
Marx y Engels dotaron de bases científicas (materialistas). La ciencia ha
reconocido hace poco la importancia de esta ley en la teoría del caos. La
última versión ("ubicuidad") ha demostrado que esta ley tiene
carácter universal y que es de vital importancia en muchos de los procesos
básicos de la naturaleza.
¿Por
qué los genetistas creían que los humanos tenían más genes? En filosofía se
conoce como reduccionismo y procede de creer que la naturaleza sólo conoce
relaciones puramente cuantitativas. Esto es lo que está detrás del
determinismo biológico que considera a los humanos como una colección de genes
y no como un organismo complejo producto de la interrelación dialéctica entre
los genes y el entorno. Su forma de razonamiento es la lógica formal y no la
dialéctica y, desde un punto de vista filosófico, sus conclusiones son
bastante inconsistentes. Lógicas pero equivocadas. Afirman que los humanos son
más grandes y complejos que los gusanos, por lo tanto debemos tener muchos más
genes. No obstante la naturaleza conoce muchos ejemplos de cambios cuantitativos
que generan cambios cualitativos. Hay muchos ejemplos de modificaciones muy
pequeñas que pueden producir cambios gigantescos. La aparente contradicción
entre el tamaño y complejidad de los humanos, con su relativamente pequeño
número de genes, sólo se puede explicar con esta ley.
En
Razón y Revolución ya tratamos extensamente este método. En concreto nos
ocupamos del método utilizado por Richard Dawkins en El gen egoísta:
"Los
métodos de Dawkins le llevan a hundirse en el pantano del idealismo cuando
intenta argumentar que la cultura humana se puede reducir a unidades que él
llama mimes, que aparentemente, al igual que los genes, su autor reproduce y
compiten por la supervivencia. Esto es claramente incorrecto. La cultura humana
se transmite de generación en generación no a través de mimes, sino a
través de la educación en su sentido más amplio. No se hereda
biológicamente, sino que se tiene que reemprender cuidadosamente y desarrollar
en cada generación. La diversidad cultural no está vinculada a los genes, sino
a la historia social. El punto de vista de Dawkins es esencialmente
reduccionista". (A. Woods y T. Grant. Razón y Revolución. Fundación
Federico Engels. Madrid. 1995. p. 351).
En
un artículo aparecido en la revista Science el doctor Jean-Michel Claverie, del
Centro Nacional de Investigación Francés en Marsella, señala que con un
esquema combinatorio sencillo, un organismo con treinta mil genes como el ser
humano puede en principio ser casi infinitamente más complicado. Es un ejemplo
perfecto de la transformación de cantidad en calidad. El doctor Claverie
sospecha que los humanos no están mucho más elaborados que algunas de sus
creaciones: "Con treinta mil genes, cada uno interactuando directamente con
otros cuatro o cinco por término medio, el genoma humano no es mucho más
complejo que un moderno avión a reacción, que contiene más de doscientas mil
piezas únicas y cada una de ellas interactúa con otras tres o cuatro por
término medio."
La
exploración inicial del genoma sugiere que existen dos formas específicas para
que los humanos sean más complejos que los gusanos. Una procede del análisis
de lo que se llama dominio protéico. Las proteínas, las partes trabajadoras de
la célula, con frecuencia son herramientas con múltiples usos y cada papel
puede ser desempeñado por una sección diferente o dominio proteico. Muchos de
los dominios proteicos son muy antiguos. En comparación con los dominios de las
proteínas de una lombriz intestinal, de la mosca de la fruta o de las personas,
el consorcio señala que sólo el siete por ciento de los dominios proteicos
encontrados en los humanos no aparecen en la lombriz o la mosca, lo que da a
entender que "en el linaje de los vertebrados se han creado pocos dominios
proteicos nuevos."
La
más importante es comprender que pequeñas mutaciones genéticas pueden
producir grandes diferencias. Por ejemplo, la diferencia genética entre los
humanos y los chimpancés es aproximadamente del dos ciento. Las investigaciones
han demostrado que tenemos más en común con los animales de lo que les
gustaría admitir. La mayoría del material genético presente en los humanos
modernos es muy antiguo y es idéntico a los genes que se han encontrado incluso
en la mosca de la fruta. La naturaleza es inherentemente conservadora y ahorra
energía. La materia orgánica ha evolucionado a partir de la materia
inorgánica y las formas de vida superiores han evolucionado de las inferiores.
Nosotros compartimos la mayoría de nuestros genes no sólo con los monos y los
perros, sino también con los peces y las moscas de la fruta pero decir esto no
es suficiente: también hay que explicar el proceso dialéctico mediante el cual
una especie se transforma en otra. Recientemente se ha puesto de moda intentar
empañar la diferencia entre los humanos y otros animales, lo que obviamente es
una sobrerreacción frente a la vieja idea de que el hombre es una creación
especial obra del Todopoderoso.
También
está de moda negar la existencia de cualquier progreso en interés de una
"democracia" evolutiva mal entendida. La diferencia genética entre
los humanos y los chimpancés es inferior al dos por ciento pero ¡qué
diferencia! Es el salto dialéctico que transforma la cantidad en calidad pero,
desgraciadamente, la dialéctica sufre de una conspiración de silencio en las
universidades y por lo tanto es una completa desconocida para la mayoría de los
científicos. La explicación más probable de la gran complejidad sin añadir
más genes es la complejidad combinatoria, es decir: con unas cuantas proteínas
más se pueden realizar muchas más combinaciones entre ellas y generar un
cambio cualitativo. La cuestión no se ha estudiado todavía completamente y es
necesaria más investigación pero no cabe duda de que la solución final se
encontrará en este camino.
El
genoma humano y las grandes empresas
Los
científicos del PGH han descrito el mapa del código genético humano como
"un regalo para el mundo" que podrá mejorar la capacidad de
detección de enfermedades y fomentará el desarrollo de nuevas medicinas. Sin
duda esto puede ser así pero dentro de la economía de mercado estos regalos
tendrán un precio mayor.
El
mapa del genoma humano es un acontecimiento histórico pero la tarea de
clarificar el proceso dialéctico y complejo mediante el cual los genes
interactúan con los factores medioambientales sólo acaba de empezar. La
ciencia ha descubierto el papel de los genes en enfermedades complejas. Las
posibilidades son ilimitadas pero este inmenso potencial de progreso humano
entrará inmediatamente en conflicto con los estrechos límites del sistema
capitalista, donde todo está subordinado al beneficio privado. Las grandes
multinacionales monopolizarán la nueva tecnología y la explotarán en su
propio beneficio y el interés general de la humanidad quedará en segundo
lugar. Cuestiones como la privacidad, los impactos sociales y legales o la
regulación de la investigación ética han generado una acalorada controversia.
El
PGH ha despertado la atención de las grandes empresas ante la perspectiva de
suculentos beneficios, sin embargo el resultado de la investigación ha
provocado gran consternación en los consejos de dirección de algunas de las
grandes empresas farmacéuticas que veían la posibilidad de hacer dinero con
los nuevos tratamientos médicos, sobre todo porque creían que el número de
genes estaba en torno a los 120.000 y 150.000. Las empresas farmacéuticas
habían hecho inversiones de acuerdo con estas cifras. Cuando Craig Venter y su
equipo publicaron el informe preliminar, en el que señalaban que el número de
genes sería "solamente" de unos 80.000, recibió una acalorada
llamada telefónica del presidente de la compañía biotecnológica:
"Comenzó
a maldecir y a decir todo tipo de exabruptos acerca de mi empresa y de mí. Has
anunciado que sólo hay ochenta mil genes humanos. Ya hemos llegado a un acuerdo
con SmithK-line Beechman. Hemos firmado la venta de cien mil genes. ¿De dónde
se supone que debo sacar el resto? Eres un bastardo".
Este
pequeño incidente demuestra la relación que existe entre las grandes empresas
y la investigación científica: a los científicos -al menos a los buenos- les
interesa la búsqueda de conocimiento para abrir nuevos horizontes en la
ciencia; a las grandes empresas sólo les interesa conseguir dinero y estaban
dispuestas a invertir porque veían perspectivas de conseguir jugosos
beneficios. La industria biotecnológica está interesada en el aislamiento de
genes para crear nuevas medicinas y venderlas a buen precio.
El
Consorcio Internacional es una multinacional financiada con dinero público y
sus resultados están a disposición de todos pero Celera Genomics es una
empresa privada que espera hacer inmensamente ricos a sus inversores. Con su
mapa del genoma humano en el bolsillo, el grupo Celera Genomics espera conseguir
mucho dinero vendiendo la información genética a otras empresas dedicadas al
desarrollo de nuevas medicinas y curas. Aunque el PGH ofrece el mapa de forma
gratuita, empresas de investigación como Immunex ya utilizan la base de datos
del genoma y han pagado quince millones de dólares a Celera Genomics. Los
analistas dicen que la empresa, que cuenta con una capitalización en el mercado
de aproximadamente tres mil millones de dólares, se convertirá en una
librería genética. El 13 de febrero las acciones de Celera Genomics en Wall
Street pasaron de 10 centavos a 47,85 dólares cada una y el día anterior ya
habían subido un 115%.
Las
empresas normalmente quieren asegurarse los derechos de propiedad de los genes
antes de invertir millones de dólares en el desarrollo de nuevas medicinas, por
lo que ahora surgen dudas sobre los derechos de patente y sus efectos. Algunos
investigadores han advertido que puede darse el caso de que dos científicos o
dos empresas que investiguen proteínas distintas implicadas en enfermedades
diferentes patenten porciones del mismo gen. El resultado sería la lucha por
las patentes, lo que bloquearía la investigación de una o ambas empresas e
incluso frenaría la producción de una medicina o el desarrollo de las pruebas
genéticas para una enfermedad.
Según
Arthur Caplan, profesor de bioética de la Universidad de Pensilvania y asesor
Celera: "Creo que esto puede convertirse en un freno para la investigación
(...) Las empresas se tendrán que enfrentar a la siguiente cuestión: ¿qué
responsabilidad empresarial será necesaria para acceder a la información?
Tendrán que tener responsabilidad administrativa porque ellas trabajan con la
salud. Esto no es como patentar la Coca-cola". Lee Hood, biólogo molecular
de la Universidad de Whasington, señala que si la guerra de patentes "no
ha estallado hasta ahora, ocurrirá pronto (...) Creo que habrá genes con diez
o cincuenta formas diferentes [proteínas]... habrá patentes para cada empalme
y cómo acabará esto sólo Dios lo sabe".
La
oficina de patentes calcula que se podrán patentar aproximadamente mil genes
humanos de tamaño normal para decenas de miles de sus aplicaciones. Los buitres
ya están dando vueltas. La perspectiva es caos y juicios interminables, todo
ello en detrimento de la ciencia y, en última instancia, de los miles de
personas que necesitan desesperadamente los nuevos tratamientos médicos y que
son posibles con el proyecto genoma. Incluso con dos patentes válidas, una
podría bloquear judicialmente a la otra para que no se ponga a la cabeza de la
investigación.
Existen
otros problemas relacionados con el uso de esta tecnología bajo el capitalismo.
Podríamos entrar en una nueva era de discriminación genética. Por ejemplo, si
los científicos crean pruebas de diagnóstico que puedan determinar la
predisposición de un individuo a padecer determinadas enfermedades, ¿quién
impedirá que las compañías de seguros o los empresarios los utilicen? En
palabras de dos senadores de EEUU -James Jeffords y Tom Daschle- publicadas en
la revista Science: "Sin las garantías adecuadas, la revolución genética
podría suponer un paso adelante para la ciencia y dos atrás para los derechos
civiles (...) el mal uso de la información genética creará una nueva
subclase: los menos afortunados genéticamente". Los doctores Venter y
Collins, pioneros en este campo, han denunciado los intentos de las empresas de
realizar tests en secreto a los trabajadores para discriminarles según sus
perfiles genéticos. Hace poco, por primera vez, la Comisión por la Igualdad de
Oportunidades en el Empleo condenó a un empresario por discriminar a un
trabajador basándose en la genética. En la revista Science apareció que la
Asociación Empresarial de EEUU publicó recientemente una encuesta que realizó
el año pasado a 2.133 empresarios: siete afirmaron que en la actualidad
realizan pruebas genéticas a sus empleados.
Como
ocurre con la comida modificada genéticamente o con cualquier otro
descubrimiento tecnológico, el genoma humano en manos de capitalistas
irresponsables puede convertirse en un castigo para la humanidad. Los últimos
descubrimientos de la genética, conseguidos gracias a la colaboración de
hombres y mujeres de cada continente y nacionalidad, intentan ir al fondo de una
profunda cuestión: quiénes somos. Esto no puede ser monopolizado por un
puñado de capitalistas. El movimiento obrero debe exigir la nacionalización de
las grandes empresas biotecnológicas y farmacéuticas como un primer paso para
nacionalización de los grandes bancos y monopolios que dominan nuestra vida y
que someten cada uno de los aspectos de nuestra existencia a la dictadura del
Capital. Sólo en una economía socialista planificada racionalmente estos
nuevos descubrimientos podrán desarrollar todo su potencial y se pondrán al
servicio la humanidad.
Posibilidades
ilimitadas
El
mapa del genoma humano nos acerca un poco más al objetivo de desarrollar
nuestras capacidades físicas e intelectuales. Este proceso todavía está en su
infancia. El próximo gran reto es comprender cómo se regulan los genes y la
forma en que éstos se activan y desactivan. La comprensión de este proceso
será crítica para el desarrollo de nuevas medicinas. Esto sólo es el
principio pero promete transformar la medicina. Como dice Lander: "en el
siglo XX tratamos los síntomas, las enfermedades; en el siglo XXI trataremos
las causas".
Ante
nuestros ojos se abre la asombrosa perspectiva de un mundo libre de
enfermedades, del cáncer y el SIDA -equivalentes modernos de la peste negra-,
la erradicación de la malaria y otras enfermedades que acompañan a la miseria
y el sufrimiento y que son la causa de la muerte de millones de personas pobres
en todo el planeta. Existe la posibilidad real de curar las enfermedades
mentales y ayudar a las víctimas de desórdenes genéticos. Todo esto ahora son
esperanzas que se pueden materializar en unos cuantos años o décadas pero que
parecen insignificantes ante las perspectivas que a largo plazo se abren ante
nosotros. No es descartable que en un futuro los seres humanos puedan conseguir
dominar las fuerzas ciegas de la selección natural. En manos de capitalistas
privados que ponen su interés personal por encima de cualquier otra
consideración, la ingeniería genética es una amenaza mortal para el futuro de
la vida sobre el planeta pero en una sociedad ordenada racionalmente, la nueva
tecnología puede preparar el camino para las conquistas más importantes nunca
vistas. En las páginas de la Biblia el ciego veía, el sordo oía, el cojo
caminaba y el muerto resucitaba. Ahora todos estos milagros los puede conseguir
la ciencia sin recurrir a lo sobrenatural.
Los
hombres y las mujeres nunca conseguirán la inmortalidad a través de la
religión. Sin embargo nosotros no deseamos vivir para siempre sino vivir
plenamente esta vida, la única de la que disponemos. La vida para la aplastante
mayoría de nuestro planeta en la primera década del siglo XXI, en las
célebres palabras de Hobbes, es fea, brutal y corta pero no hay razón para que
sea así. El potencial de la industria moderna, la agricultura, la ciencia y la
técnica es más que suficiente para resolver las necesidades apremiantes de la
humanidad y crear un paraíso para hombres y mujeres, no en el reino del más
allá, sino aquí y ahora: un paraíso en este mundo.
Haciendo
uso de los beneficios otorgados por la ciencia y la tecnología, la vida humana
normal se puede prolongar más allá de sus actuales "límites
naturales". Es completamente posible prever un mundo en el que se pueda
llevar una vida normal y sana más allá de los cien años. Esta perspectiva
sólo la consideran una "utopía" los intelectuales de segunda fila y
aquellas personas desmoralizadas y deshumanizadas por la decadencia del
capitalismo y que han perdido toda esperanza y todo sentido de la dignidad
humana.
Estas
maravillosas conquistas de la ciencia nos revelan el potencial ilimitado de la
raza humana pero también nos debería hacer conscientes del peligro que
encierra la economía de mercado. Hasta ahora los defensores del actual sistema
se han escondido tras el argumento pseudocientífico para defender que la
desigualdad social que condena a la mayoría de las personas está arraigada en
nuestros genes, de la misma forma que en el pasado se decía que "estaba
escrito en las estrellas".
En
el transcurso de la historia humana han aparecido muchos genios. Es evidente que
Albert Einstein tenía el potencial (genético) para convertirse en unos de los
científicos más famosos del mundo pero es igualmente evidente que el mismo
Albert Einstein, si hubiera nacido en una chabola en Glasgow o en Etiopía,
nunca habría conseguido ser lo que fue. El potencial existiría pero la
oportunidad se habría perdido. De la misma forma el destino de muchos Einstein,
Darwin y Beethoven en potencia es desperdiciado por este infame sistema
capitalista. Trotsky planteó esta idea cuando se preguntaba: "¿Cuántos
Aristóteles están cuidando cerdos y cuántos porqueros están sentados en
tronos?".
Hombres
y mujeres con frecuencia se han cuestionado la injusticia de la sociedad de
clases y sus voces siempre han sido ahogadas por las voces de los defensores del
estatus quo, que tienen intereses creados para demostrar que éste es el orden
natural de las cosas. Antiguamente afirmaban que todo era voluntad de los
dioses; después dijeron que los esclavos carecían de alma inmortal. Más tarde
defendían que la monarquía absoluta era el producto inevitable de un Orden
inevitable e inspirado divinamente y en la actualidad recurren a los argumentos
pseudocientíficos derivados de la genética. Ahora todo esto se ha hecho
añicos. La distinción entre el rico y el pobre, en términos de su potencial
humano, es insignificante. La diferencia no reside en los genes, sino que uno ha
nacido en el mundo de los ricos y sus privilegios, lo cual le permitirá
desarrollar su potencial, mientas que el otro ha nacido en la pobreza y nunca lo
conseguirá.
Según
el equipo de Celera, de los dos o tres mil millones de letras de ADN que
conforman nuestros genes, sólo diez mil suponen alguna diferencia entre dos
individuos. Venter señala: "Realmente somos dos gemelos idénticos pero
como todos los gemelos, hermanos y hermanas, lo que nos hace realmente
diferentes es la forma en que respondemos ante el entorno". Las
implicaciones son evidentes: al cambiar las condiciones materiales de existencia
podemos crear un entorno favorable en el que cada individuo pueda desarrollar su
potencial plenamente. Esto significaría un nuevo Renacimiento, un renacimiento
literal de la humanidad, que no es otra cosa que el socialismo. En Razón y
Revolución escribimos lo siguiente:
"El
potencial del cerebro humano no tiene límites. La tarea de la sociedad es que
el ser humano pueda realizar este potencial. Los factores del entorno pueden
restringir o realzar este potencial. Un niño que crezca en un entorno social
desfavorable estará en desventaja en relación a uno que tenga todas las
necesidades satisfechas. El origen social es extremadamente importante. Si
cambias el entorno, cambias al niño. A pesar de las afirmaciones de los
deterministas biológicos, la inteligencia no está predeterminada
genéticamente". (Ibíd. P. 338).
Marx
explicó hace tiempo que "el ser social determina la conciencia". La
llamada naturaleza humana no es fija e inmutable. La realidad es que ha cambiado
muchas veces en el curso de millones de años de evolución humana. La idea de
que la evolución ha llegado a su fin, que hombres y mujeres ya han alcanzado su
cumbre de desarrollo físico y mental no puede ser aceptada por una persona
mínimamente culta con un poco de conocimiento de cómo nuestras especies han
luchado para alcanzar el nivel actual de desarrollo. Lejos de acabar -como ha
sugerido Francis Fukuyama-, la historia humana todavía no ha comenzado. No
comenzará hasta que hombres y mujeres tomen su destino con sus propias manos.
La
antigua mitología griega nos ha hecho llegar la historia de Tántalo, el
gigante condenado por Zeus a sufrir los tormentos del hambre y la sed, mientras
ante sus ojos y fuera de su alcance había comida y bebida en abundancia. En
este mito encontramos la analogía directa con la sociedad capitalista en su
período de decadencia. Todos los medios materiales para conseguir el socialismo
existen. -Una sociedad sin clases en la que los humanos controlen su vida en
lugar de ser objetos ciegos de fuerzas invisibles más allá de nuestro control
o comprensión- El próximo paso de la evolución humana requiere poner fin al
apartheid social que significa la sociedad clasista, poner fin al equivalente
moderno de la esclavitud y sustituir la anarquía capitalista y la ley de la
jungla por relaciones verdaderamente humanas. Una vez hayamos creado las
condiciones necesarias para el desarrollo humano, liberaremos el potencial que
existe en la industria, en la agricultura, en la ciencia, en la tecnología y,
sobre todo, el potencial infinito para hacer realidad los sueños de todo ser
humano y el límite será el cielo.
16
de febrero de 2001
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