Preguntar si le importa a alguien la
divulgación científica es lo mismo que preguntar si le importa a alguien la
ciencia. La ciencia es un producto social, como todo lo humano. Quien inventó el
astrolabio, quien descubrió la
fisión nuclear, el primero que teorizó sobre el
átomo, quien descubrió la
circulación de la sangre, o el primero en sospechar que la
Tierra era redonda… todos ellos y ellas recibieron y dieron sus
conocimientos de y a la sociedad. Si se hubieran criado solos en la selva, no
habrían recibido nada de la sociedad y no habrían devuelto nada tampoco. La
ciencia no es de nadie, es colectiva, fruto de siglos de pequeñas aportaciones
unas veces aparentemente vanas y otras más decisivas. Estas aportaciones van
encadenadas, y cada una de ellas se basa en las anteriores. Por eso, la cuestión
de si hay que divulgar la ciencia carece de sentido, porque no se trata de que
los científicos den, sino de que devuelvan.
Hay un hecho histórico que fue relatado
maravillosamente por el astrónomo y magnífico divulgador científico
Carl Sagan: la quema de la
Biblioteca de Alejandría y el asesinato de
Hipatia. Me voy a permitir incluir este esclarecedor fragmento de su obra
Cosmos donde lo relata:
«Sólo en un punto de la historia pasada
hubo la promesa de una civilización científica brillante. Era beneficiaria del
despertar jónico, y tenía su ciudadela en la Biblioteca de Alejandría, donde
hace 2.000 años las mejores mentes de la antigüedad establecieron las bases del
estudio sistemático de la matemática, la física, la biología, la astronomía, la
literatura, la geografía y la medicina. Todavía estamos construyendo sobre estas
bases. La Biblioteca fue construida y sostenida por los Tolomeos, los reyes
griegos que heredaron la porción egipcia del imperio de Alejandro Magno. Desde
la época de su creación en el siglo tercero a. de C. hasta su destrucción siete
siglos más tarde, fue el cerebro y el corazón del mundo antiguo […] Es
evidente que allí estaban las semillas del mundo moderno. ¿Qué impidió que
arraigaran y florecieran? ¿A qué se debe que Occidente se adormeciera durante
mil años de tinieblas hasta que Colón y Copérnico y sus contemporáneos
redescubrieron la obra hecha en Alejandría? No puedo daros una respuesta
sencilla. Pero lo que sí sé es que no hay noticia en toda la historia de la
Biblioteca de que alguno de los ilustres científicos y estudiosos llegara nunca
a desafiar seriamente los supuestos políticos, económicos y religiosos de su
sociedad. Se puso en duda la permanencia de las estrellas, no la justicia de la
esclavitud. La ciencia y la cultura en general estaban reservadas para unos
cuantos privilegiados. La vasta población de la ciudad no tenía la menor idea de
los grandes descubrimientos que tenían lugar dentro de la Biblioteca. Los nuevos
descubrimientos no fueron explicados ni popularizados. La investigación les
benefició poco. Los descubrimientos en mecánica y en la tecnología del vapor se
aplicaron principalmente a perfeccionar las armas, a estimular la superstición,
a divertir a los reyes. Los científicos nunca captaron el potencial de las
máquinas para liberar a la gente. Los grandes logros intelectuales de la
antigüedad tuvieron pocas aplicaciones prácticas inmediatas. La ciencia no
fascinó nunca la imaginación de la multitud. No hubo contrapeso al
estancamiento, al pesimismo, a la entrega más abyecta al misticismo. Cuando al
final de todo, la chusma se presentó para quemar la Biblioteca no había nadie
capaz de detenerla».Carl Sagan, Cosmos
La auténtica democracia implica que la
ciudadanía participe de verdad en los avances sociales. Los ciudadanos debemos
estar formados e informados, debemos estar preparados intelectualmente para
recibir con capacidad crítica lo que nuestros representantes nos dicen. Y
conseguir esa preparación intelectual requiere tener una concepción del mundo,
una
cosmovisión: cómo funciona la naturaleza, la sociedad, el ser humano... Ahí
es donde tiene su papel el divulgador científico. España en este sentido ha
sido, desgraciadamente, bastante miope. No en vano hemos sufrido 40 años de
exterminio del pensamiento y la cultura. Lo de «¡Abajo
la inteligencia, viva la muerte!» no fue sólo la ocurrencia de un
chalado, fue una manera de pensar que nos ha dejado sus posos y nos ha pasado
factura. Pero incluso después de un devastador incendio y bajo las más negras
cenizas puede surgir de nuevo la vida. Por fortuna, ahora podemos disfrutar en
nuestro país de divulgadores extraordinarios como
Sánchez Ron
Cayetano López,
Jorge Wagensberg,
Manuel Toharia y otros muchos. Pero si su labor no cala en la sociedad
porque se haya hecho poco o nada al respecto, ¿Para qué sirve?
Indudablemente, el trabajo del científico es
duro, entregado, casi siempre vocacional y muy meritorio, pero sus frutos deben
hacerse colectivos, es decir, divulgarse. Evidentemente, divulgar la ciencia, no
es contar a todo el mundo el resultado de los experimentos: para eso ya están
las revistas científicas que, por supuesto, ni son divulgativas ni pretenden
serlo. Divulgar la ciencia es hacer accesible al público en general, no los
detalles del trabajo científico, sino lo general, es decir, lo que trasciende, y
por eso la divulgación científica puede estar muy cerca de la filosofía. Hay
quien pensará que un científico se tiene que dedicar a la ciencia y no a la
filosofía: una visión simple, porque ambas, ciencia y filosofía, van de la mano.
Lyn Margulis decía, refiriéndose a sus clases de ciencias naturales en la
Universidad de Chicago: “Allí la ciencia facilitaba el planteamiento de las
cuestiones profundas en las que la filosofía y la ciencia se unen: ¿Qué somos?
¿De qué estamos hechos nosotros y el universo? ¿De dónde venimos? ¿Cómo
funcionamos?” En este mismo sentido, el neurocientífico
Antonio Damasio decía hace poco en una entrevista concedida a
El País Semanal que “las ciencias que tienen que ver con el cerebro y con la
mente no pueden separarse de las preocupaciones filosóficas”. Igualmente,
preguntarse ¿Cómo vería el mundo si estuviese cabalgando en un rayo de luz?
también es filosofar, pero esa pregunta “filosófica” es lo que llevó a Einstein
a elaborar la teoría de la relatividad.
En los países europeos y anglosajones, a los
que tanto admiramos en muchas cosas, es normal que los científicos hagan
“filosofía”. Hoy es casi un requisito indispensable para el que quiera
desarrollar una carrera investigadora, que haya desempeñado parte de su trabajo
en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania…, países a los que tenemos
como modelo. Pues de Estados Unidos han salido algunos de los más grandes
divulgadores científicos del siglo XX, como Isaac Asimov, Carl Sagan o Stephen
Gould. Por tanto, si queremos emular a esos países aventajados en desarrollo
científico, no debemos olvidar que allí también se “filosofa”, al menos más que
aquí. En esos países punteros en ciencia, hablar de biología e ideología, por
ejemplo, no es cosa de ilusos o despistados. Nada menos que en las
Massey Lectures -donde han participado intelectuales como Noam Chomsky,
Doris Lessing, Lévi-Strauss o Galbraith- hablaba en 1990
Richard Lewontin sobre
biología e ideología. Allí, el debate sobre la
tercera cultura ha sido extenso y aquí muchos científicos ni siquiera han
oído hablar de ella… En definitiva, despreciar la divulgación científica o
sostener que ciencia y filosofía no tienen nada que ver es un gran error.
Einstein, Gould, Asimov, Sagan, Margulis, Damasio, Lewontin… y tantos otros
científicos-filósofos son ante todo científicos, pero su preparación intelectual
les lleva un paso más allá hacia la dimensión filosófica o divulgativa, y eso no
sólo no resta nada a su trabajo científico, sino que lo engrandece.
Muchos pensarán –con gran razón- que el
debate científico, que en nuestro país apenas se da, en otros, aun
produciéndose, es sólo patrimonio de una élite intelectual. Es cierto, y sin
embargo a nadie se le escapa que el deseo y la capacidad de conocer, de saber de
verdad, nos define como especie. El éxito televisivo que tuvo en su día la serie
Cosmos o que han tenido posteriormente otros programas de divulgación
científica pone de manifiesto la posibilidad de pensar que no sólo de basura
espiritual vive el Homo sapiens 1.700 años después de la destrucción de
la Biblioteca de Alejandría.
Sólo queda procurar que los ciudadanos
entiendan como una necesidad la popularización de ese debate y que esa demanda
tenga sus vías de desarrollo. En cualquier caso, los profesionales de la ciencia
que consideren que las dimensiones divulgativa y filosófica no son propias del
científico, deberían reflexionar sobre otra cosa. Los gobiernos no suelen dar
nada si no es movidos por la presión social. Si la ciudadanía no cree necesaria
la labor del científico, porque el científico no ha sabido transmitir la
importancia de esa labor, luego no nos quejemos de que los gobiernos, a falta de
esa presión social, no atiendan como es debido al investigador. ¿Por qué iban a
hacerlo, por imperativo moral?