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Entre
el determinismo y el AZAR
Extractado
del libro "La especie elegida" de Juan Luis Arsuaga e Ignacio
Martínez (del Proyecto Atapuerca), para el taller del CAUM Conocimiento
científico: Naturaleza, Ser Humano y Sociedad.
A
pesar de la buena amistad que mantuvieron entre sí, los dos descubridores de la
selección natural, Darwin y Wallace, mantuvieron puntos de vista contrapuestos
acerca del origen de algunas de las características más relevantes de nuestra
especie, tales como la inteligencia y el habla. Mientras Wallace atribuía su
origen a causas sobrenaturales, colocando así el origen del ser humano más
allá de la acción de la selección natural, Darwin contemplaba dichos rasgos
como un resultado más del proceso evolutivo: la selección natural no
planifica el cambio evolutivo, simplemente elige entre lo que hay. Uno de
sus argumentos más profundos fue el de la existencia de "chapuzas" en
los seres vivos: Si los organismos fueran el resultado de un acto directo de
creación divina, sus distintas partes deberían mostrarse "como recién
salidas de fábrica"; es decir, diseños específicos para cumplir de
manera eficaz una función determinada. Lo que no esperaríamos encontrar desde
luego, son órganos como una modificación, más o menos afortunada, de otros
que cumplen una función distinta en organismos diferentes.
En
aquel entonces, cuando Wallace y Darwin disputaban sobre la naturaleza de la
selección natural y su papel en el origen de los seres humanos, no se conocía
la base anatómica ni los mecanismos fisiológicos del habla. Hoy comprendemos
que esta cualidad humana está basada en la posición baja de nuestra laringe,
que a su vez es debida a una modificación del modelo de vías respiratorias
superiores que es común en el resto de los mamíferos. De este modo, en la
anatomía de nuestro aparato fonador puede reconocerse la huella de la
selección natural y el rastro de la historia evolutiva de nuestra especie.
Darwin puede descansar tranquilo al lado de Newton; una vez más, tenía razón.
Para
explicar que no somos el resultado necesario de la evolución sino una mera
circunstancia, Stephen Jay Gould afirma en su libro Vida maravillosa
que si la cinta de la vida se rebobinara y se volviera a empezar otra vez desde
el principio, el planeta Tierra estaría ahora poblado por una variedad
completamente diferente de formas de vida, entre las que no nos encontraríamos
nosotros. Los monos platirrinos, por ejemplo, no han evolucionado en América
hacia formas de inteligencia comparable a la nuestra. Se ve que ellos no
experimentaban ningún "impulso" que los empujara hacia el
"progreso" o la "perfección" (lo mismo se podría decir de
los marsupiales en Australia y otros casos similares de evolución en
condiciones de aislamiento geográfico). Pero ni siquiera desde que apareció la
inteligencia en la biosfera la evolución humana ha seguido un camino único,
una línea recta que conduce hasta nosotros. Por el contrario, hasta hace pocos
miles de años han existido varias especies humanas inteligentes sobre la faz de
la Tierra. El que ahora sólo exista la nuestra nos da una falsa perspectiva de
que siempre ha sido así, de que nuestros antepasados se han sucedido unos a
otros en una secuencia ordenada, en una escalera por la que hemos ido
ascendiendo peldaño a peldaño. En resumen, ni la historia evolutiva de los
mamíferos, ni la de los hominoideos, refleja un patrón de aparición y
progresivo dominio sobre las demás criaturas gracias a sus superiores
características, especialmente su inteligencia.
¿Pero
qué quiere decir todo esto? Sencillamente, que si no hubiera sido por una serie
de acontecimientos como la llegada a la Tierra de un meteorito, el levantamiento
de cadenas montañosas, grandes movimientos de continentes y otros de menor
escala, no estaríamos ahora aquí haciendo filosofía. Incluso hace tan sólo
60.000 años, cuando los neandertales se extendían por toda Europa, Asia
central y Oriente Próximo, ¿quién podría haber pronosticado que los humanos
modernos, nuestros antepasados, saldrían del continente Africano y serían la
causa de la extinción de los neandertales algunos miles de años después? y
ahora que empezamos a saber cómo han ocurrido las cosas en el pasado, ¿quién
se atrever a vaticinar el futuro de la biosfera? Esta imprevisibilidad de la
evolución indica que nada está escrito de antemano, que todo es posible.
Muestra que el grupo biológico más floreciente puede extinguirse a causa de
cambios en el medio físico o por culpa de la competencia con otros grupos de
organismos. Ninguna forma de vida puede considerarse superior a las demás,
porque ninguna está a salvo de la hecatombe.
Ahora
bien, que la evolución sea imprevisible, ¿quiere decir que está gobernada por
el ciego azar, que no hay leyes, que todo es caos, que nada se puede explicar?
¿Es razonable admitir que el desorden (el no-orden) haya producido tanta
maravilla biológica? ¿Puede el ruido dar lugar por casualidad a una sinfonía?
La teoría del caos llegaría más lejos, hasta afirmar que aunque conociéramos
todos los factores e interacciones al detalle, el futuro no se puede conocer,
simplemente porque no está dado. Es el fin de las certidumbres, que son
sustituidas por probabilidades. ¿Debemos nosotros dar por concluidas en este
punto las investigaciones? ¿Está ya todo dicho? Nosotros pensamos, por el
contrario, que queda mucho trabajo por hacer. La física de Newton nos habla de
tendencias que pueden ser expresadas por medio de ecuaciones. Conocidas las
condiciones iniciales, tales tendencias son predecibles y reversibles, como un
péndulo, ahora aquí y luego allí. En esas ecuaciones el tiempo no existe, es
sólo una ilusión donde el futuro y el pasado se dan la mano. La física
cuántica sólo sustituye las tendencias por las funciones de onda, pero la
simetría con respecto al tiempo no cambia. La evolución biológica por el
contrario es un proceso irreversible, que se despliega en el tiempo, que nos
sorprende a cada instante, que no sigue tendencias.
¿Cómo
hacer conciliables los descubrimientos de estas dos ciencias? Si la teoría del
caos está en lo cierto, hay, como dice Ilya Prigogine (premio Nobel de Química
de 1977) en su libro El fin de las certidumbres, una estrecha senda entre
dos concepciones del mundo igualmente alienantes: la de un mundo determinista
regido por leyes inmutables que no dejan ningún resquicio para la novedad (y
donde la mayor de todas, la evolución, no sería posible), y la de "un
mundo absurdo, sin causas, donde nada puede ser previsto ni descrito en
términos generales", sometido al puro azar. Nos corresponde a nosotros,
los hombres y mujeres del presente o del futuro recorrer esa estrecha senda.
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